CR. Sobrevivir al covid. Carlos Alberto Salas Benavides

No es mi costumbre publicar asuntos personales por acá. Lo hago hoy por un asunto más allá de mis intereses y que me hermanan con muchos y muchas costarricenses. Soy portador de varias vulnerabilidades que me hacen candidato—como a miles– a complicaciones, en caso de enfermar por COVID. Y les cuento que sucedió; pese a nuestros estrictos cuidados y prevenciones; sucedió aún siguiendo todos los protocolos, incluyendo las dos dosis de vacuna; pero no fue suficiente. Nos enfermamos todos en la familia de COVID.

En la vida humana la existencia de los otros es vital y en situaciones de pandemia aún más, porque mi libertad y tu libertad están más cerca que nunca y mis actos afectan, impactan significativamente la vida de mis congéneres . Esto parece un hecho difícil de entender por una minoría importante de costarricenses. Han visto en su libertad, un valor absoluto, llevándolos a ser propagadores de muerte y dolor sin las más mínima sensibilidad o conciencia de daño. Aún peor, abjuran del conocimiento y se refugian en suspicacias, conjeturas y suposiciones, que aceptan sin ninguna duda y aún más allá, se comportan como una secta, porque objetar o disentir con ellos, nos puede llevar a ser calificados de “borrregos o alineados” a gobiernos o entes mundiales invisibles que quieren acabar con parte de la población del planeta. Paradoja esta en donde estos “lúcidos conspiracionistas” se muerden la cola pues parecen estar colaborando con mucha eficacia a lo que dicen combatir.

Les estoy contando el cuento y estas palabras escritas las ofrezco como un testimonio de los que muchos como yo, han pasado y sobrevivido y de otros que pasaron por la mismas angustias con un triste final. Sentí que quizá no sobreviviría y me costó contar los días que se hacían largos esperando un síntoma comprometedor que me hiciera ser trasladado a un hospital. Vi a mi familia angustiada por mi condición y por ser en ello, la persona de más riesgo. No voy a describir los síntomas acá, pero si les cuento que el sufrimiento físico, sobre todo en la noche, fueron agudos. El costo emocional, la angustia, la incertidumbre de morir y de imaginar mi familia sin mi compañía, el tener que hablar con otros familiares a fin de planificar un final con el mutuo auxilio necesario, no fue fácil; pero sobreviví y en tal faena me considero un sobreviviente y sin duda las vacunas hicieron su tarea junto a nuestro robusto sistema de salud y con el apoyo familiar que me dio aliento y amigos pendientes de mi enfermedad. Finalicé cuarentena con sufrimiento pero sin tragedia.

Hoy cuento la historia, pero en atenciones a otras familias he visto correr el dolor y la muerte juntos, despedidas por celular anunciando un final que lamentablemente llegó y sepelios casi en el anonimato porque los muertos por COVID, ni en eso tienen espacio para sufrir. También he visto a estimables amigas y amigos morir de ignorancia en brazos de creencias que los llevaron a negar que la pandemia existe, hasta que la pandemia estuvo demasiado cerca y se los llevó. Y aún hoy, con más de siete mil muertos, aún hoy los incrédulos siguen desafiando la ciencia, no usan mascarilla, no creen en la vacuna y me pregunto; ¿Cuántos muertos más se necesitan para que tomen conciencia de esto?.

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