CR. Mi padre. Loida Prétiz

La tapa que cubría el congelador de la refrigeradora ya no tuvo arreglo después de tantas veces de lograrlo, año tras año, y toda la comida se congelaba. Por eso mi papá, en el 2001 o 2002, decidió comprar otra; otra de segunda. Jamás había comprado un mueble o un electrodoméstico nuevo. Y esa refri, cuyo único defecto era la compuerta inarreglable del congelador, había sido el regalo de bodas que les dio mi abuela en 1950. Ella la había usado al menos 10 años y también la compró de segunda. Una reliquia con pocos defectos. Yo le insistí esa vez que debía comprar una nueva. Me costó convencerlo, pues me recordó que él era “un hijo de la depresión”: cualquier gasto innecesario era impensable. Pero había en él una sencillez muy valiosa y un agradecimiento profundo que fue creciendo con su vejez. Si lo llevaba a dar una vuelta al centro de San Isidro en carro, se maravillaba de las nubes. Cualquier helado era un manjar. Cuando cada noche le hacía un masaje en los pies me lo agradecía como si yo fuera un ángel. Un hombre con una fe de niño, un amor entrañable por mi madre, y un estilo delicado y juguetón de tocar el piano. Hoy 16 de noviembre cumple dos años de habernos dejado. Mi padre, otra reliquia con pocos defectos.

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  1. Víctor Hugo Mena Abarca dice:

    Un tesoro como pocos, un HOMBRE feliz. Yo espero y aspiro a ser un ABUELO un poco parecido a ÉL pero lograrlo está difícil.
    La admiración y la capacidad de asombrarse y… tener una nieta chiniadora es grato… lo digo como abuelo

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