CR. A la abuela Stella Simona no le gustaba hablar delante de nosotras. Stella Chinchilla Mora

A la abuela Stella Simona no le gustaba hablar delante de nosotras, las niñas y los niños de una parte de su vida, decía que el abuelo Solón, su papá, y su tío y padrino Buenaventura Corrales, le dijeron antes de morir, que el trabajo de medium, de vidente, de buscar respuestas en lo que no entendemos, que esa labor quitaba mucha energía, que se metían en el cuerpo espíritus burlones, y que empezaban a pasarte cosas malas. Cuando fuimos creciendo nos fue contando a los nietos y a mí sobre lo mágico maravilloso de nuestra familia. Aquí una de tantas historias.

Fue aproximadamente en la década de 1930, llegaron en barco, de luto riguroso, altos, ojiazules ambos, ella con la mirada pegada al suelo, él con un aire militar en sus hombros. Llegaron a Puntarenas, bajaron buscando a Gloria de Barrio el Carmen de Puntarenas y a Ofelia de San José, recomendadas desde Los Ángeles por la Sociedad Esotérica de América. No recuerdo por qué no encontraron a Gloria, no sabían que Ofelia no hacía esos trabajos, hacía otras tareas mediúmnicas, que luego les contaré; terminaron en la casa del abuelo Solón, él era reconocido a nivel nacional por ver el pasado y leer el futuro en un vaso con agua, hidromancia era su especialidad.

La pareja de gringos había perdido a su hijo; el macho se embarcó en California en un velero, solo, hacia el sur, y nunca más se supo de él, era hijo único, de allí el desgarbo de sus padres, sobre todo de su madre.

Ofelia, una de la más reconocidas mediums a nivel mundial, amiga de los grandes maestros del esoterismo, admirada y también tratada de fraudulenta. Ella derivó en su tío, mi bisabuelo Solón Corrales la atención de los místeres.

Llegaron a la casa de barrio Amón al caer la tarde, bajo un aguacero torrencial, en un carruaje alquilado en las afueras del hotel donde se hospedaban, llegaron con una gran ilusión, esperando saber del paradero de su hijo, ya habían recorrido todo su país y México buscando una respuesta satisfactoria, una que les diera paz.

El hidromante, dice mi abuela, su hija, que les preguntó qué querían; alistó un vaso especialmente utilizado para estos menesteres, lo llenó de agua, se concentró, puso su mano encima y en el agua apareció el macho, en su velero, con su traje de capitán azul marino, sonriente, agitando su mano, despidiéndose de sus padres: “estoy bien donde estoy ahora” transmitió el maestro a sus padres, y a su madre específicamente: “descansa madre, no sufrí”. Dice la abuela que sus padres lloraron, se abrazaron, y quisieron pagarle a Solón, pero él no cobraba, una persona honrada no cobraba por estos menesteres, o si era necesitada, pedía que le dieran lo que quisieran. Solón no cobraba.

Tomaron el siguiente barco hacia el norte, ya no iban de luto, ella ya miraba hacia el horizonte, hacia el mar, buscando la felicidad.

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