CR. He estado pensando mucho en Michael Snarskis. Ifigenia Quintanilla Jiménez

He estado pensando mucho, muchísimo, en Michael Snarskis. Él fue un joven arqueólogo gringo que vino a Costa Rica en los años setenta. Culto, bien formado por Columbia University, llegó en un momento de transición que se había retrasado por el poder de los coleccionistas y de Doris Stone. Con Miguel llegaron los nuevos aires de la arqueología como ciencia. El Museo Nacional cambió con él y con otros arqueólogos y arqueólogas. Cambiaron muchas cosas. Se quedó acá, aunque pudo tener un mundo más amplio. Fue raro su apego a Costa Rica. Murió acá sin los méritos que hubiera merecido. En estos días lo recuerdo mucho porque su aporte todavía está presente. Todavía es referencia. Todavía lo leemos y usamos lo que dejó escrito. Me apena no haberle dicho nunca cuánto lo apreciaba, ni cuánto le agradecía su aporte a la arqueología prefesional de este país. Supongo que habría sonreído tímidamente y no habría dicho nada. La última vez que lo vi fuimos a almorzar. Me dio sus correcciones a la traducción al inglés de mi libro sobre las esferas de piedra. Fue un almuerzo grato y triste. Hubiera querido hacer algo más por él. Quizá no debió haberse quedado acá. Debió haberse ido. Es una pena su muerte sin pena ni gloria, a pesar de que todavía siga siendo la referencia.

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