CR. Hombre entre siglos. Arabella Salaverry

Hablar de Sergio Erick Ardón es hablar de coherencia. Hablar de sensibilidad, hablar de compromiso con el otro.

Y no desde una pose, sino desde esa mirada intensa con la que ha analizado su entorno, y lo ha llevado a alinearse siempre con las causas de la justicia social, cuando por cuna, como muy graciosamente se solía decir, o por mandato familiar bien pudo mirar para otro lado, hacerse el desentendido o no mirar, como bien lo relata él mismo en el texto de Entre siglos.

En la presentación del libro que nos ocupa, un “amigo” que aparece como prologuista, ¿”Alter ego”? se refiere a la edad del autor con un adjetivo que no comparto: viejo. Viejo es quien se separa de la vida, y se sienta a contemplar su transcurrir hasta que le alcance el final. Este libro es la mejor prueba de que el autor no puede ser catalogado como un viejo. Es un libro trepidante, cada página es una muestra de su inserción comprometida con su época, sea el siglo anterior o este, pero también de su mirada atenta a las transformaciones que se han sufrido, con las heridas y las alegrías que la vida nos ofrece, vividas intensamente, desgranadas a través de los años. No, no es un hombre viejo quien escribe.

Vibra en nosotros aún el enorme acto de valentía de Sergio Erick Ardón, acto tan poco tico, tan ajeno a la necesidad de no “hacer olas” que nos caracteriza, cuando se levantó, -un gesto tremendo de dignidad nacional, no solo personal- en señal de protesta y dejó al Teatro Nacional, con sus autoridades, protocolos y necedades, paralizado. Es posible que el tiempo haya morigerado esos impulsos, pero no el deseo de analizar la realidad, señalar falencias y aciertos en las acciones políticas, desde una posición comprometida con el país y desde su criterio muy bien definido.

Ese compromiso, esa mirada acuciosa y certera, pero también tierna que se desprende del libro que hoy nos convoca nos remite a lo que es Sergio Erick Ardón. El libro, escrito en un estilo desenfadado, ameno, con una prosa invitadora, esta dividido en dos grandes segmentos: I El muchacho que fui y ya en esa primera parte nos propone cercanías para invitarnos a no dejarlo, pues desde sus páginas nos reencontramos con personajes, situaciones, aspiraciones y deseos que dibujan nuestra idiosincrasia, o al menos la que nos caracterizó en el siglo pasado, y que en esta navegación entre siglos que nos propone el autor bien podría considerarse más bien desvaída en este nuevo milenio que casi amanece; más aún, idiosincrasia que muchas veces sentimos perdida, enredada en una modernidad mal entendida. Pero también pone su ojo atento en los cambios que hemos sufrido, en el análisis político, para arrojar luces sobre cada conflicto, cada nueva situación que enfrentamos y que en gran medida han sido las responsables de esta transformación del costarricense.
Estamos ante un texto escrito desde la claridad de quien asume la palabra con la solidez que proporciona una ideología. Ya sea para contarnos anécdotas familiares, remontarnos a lugares perdidos en el tiempo o bien para ofrecernos la disección de situaciones que se refieren al ámbito político. Y no me refiero a ideología desde el concepto trillado que se utiliza para mencionar una posición en el espectro social. Me refiero a ideología como algo similar a lo que proponen las ciencias sociales: En ciencias sociales, una ideología es “un conjunto normativo de emociones, ideas y creencias colectivas que son compatibles entre sí y están especialmente referidas a la conducta social humana”. Yo me apropio del concepto y lo decanto, pues creo que cada ser humano va definiendo su propia ideología, el corpus de ideas, emociones y creencias que lo definen como tal. Es decir, no son solo las emociones, ideas y creencias colectivas quienes nos definen una posición ideológica. Son también las personales. Hay un pequeño artículo en el cual nuestro autor define a la “izquierda”. Allí está su ideario resumido. Y volviendo al tema de la ideología, aprovecho y agrego que el gran faltante en los espacios de creación de cualquier índole en este país, es que navegamos sin el norte que nos proporciona pararnos frente al mundo con la herramienta de una ideología personal para analizarlo, comprenderlo y tratar de transformarlo. Muy lejos de ello Sergio Erick. Al inicio de este comentario me referí ya a su coherencia. Lo reitero. Y esa coherencia se afirma en su clara posición ante lo que le rodea.
Después de una serie de evocadoras y hermosas fotografías nos presenta la segunda parte del libro: sus crónicas de viajes y su pensamiento político. El título de esta segunda parte se queda corto. Además del pensamiento político, el autor nos lleva de la mano a través del acontecer de casi un siglo de vida ciudadana, en un despliegue interesantísimo de situaciones y acontecimientos. Desde la válida recriminación a los medios de difusión y la censura, la preparación de “las salidas”, la reflexión sobre la lealtad. Son tantos, tan ricos y tan diversos los temas que no nos alcanzaría el tiempo, ni es la intención, señalarlos aquí. Es historia y reflexión sobre ella que se van desgranando en las palabras de Segio Erick Ardón. Historia viva que palpita. Vaticino que será este un libro fundamental de consulta para entender los avatares políticos del siglo pasado, más los que llevamos de este nuevo siglo y encontrar los fundamentos sobre los que estamos hoy sustentados y el perfil de lo que somos, y el modelo aspiracional que algunos de nosotros quisiéramos alcanzar para nuestra sociedad. Quien lo lea con mirada atenta y corazón abierto, encontrará insumos de sobra para continuar caminando.
Es un libro para tener cerca, para disfrutarlo, para saber y aprender, para conocernos mejor en tanto sociedad, para entendernos como personas; un libro que mira con ojos amorosos el pasado y nos invita desde la reflexión que propone a contruir un mejor futuro. Un libro imprescindible.

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