CR-SAN JOSÉ. El Mosquero. Óscar Madrigal

Aunque difícil de creer así era conocida la soda o cafetería más popular de los años 60 y 70, ubicada cien metros al sur de la Iglesia La Dolorosa, sobre calle central, un local esquinero totalmente de madera. (Para los más viejos y mayores señas, frente a la cantina La Roma). Su oferta principal era la natilla y las “manitas” de pan, lo que reunía a taxistas, empleados, trabajadores de toda clase y en determinada época a jóvenes comunistas. Los dueños a su vez eran propietarios de una lechería en Cartado desde donde traían los tarros de leche y natilla. El pedido principal y casi total era de medio vaso de casco de natilla y dos dedos de pan y un vaso de café, negro o con leche. El salonero tenía la fama de poseer una memoria increíble porque no apuntaba nada de lo solicitado por las múltiples mesas siempre llenas. El pedido llegó a sintetizarse así: deme “cincuenta y dos bollos”, lo cual significaba el medio vaso de casco de natilla que costaba 50 céntimos y los dos bollitos de pan. Los más pudientes pedían el vaso lleno y los 5 dedos de pan.

A finales de la década de los 60 los enfrentamientos callejeros eran frecuentes con el Movimiento Costa Rica Libre, grupo fascista, el partido de Frank Marshall y los exiliados cubanos, enfrentamientos por la libertad de prensa, la legalidad de los comunistas, las libertades en general y la solidaridad con la Revolución Cubana.

El Partido decidió que un grupo de la JVC se prepararan en técnicas de karate para enfrentarse a los grupos fascistas y el entrenamiento se hizo en una academia de artes marciales que quedaba cerca de El Mosquero. Los entrenamientos empezaban a las 6 de la mañana por lo que había que levantarse como a las 4, especialmente yo que vivía en Alajuela. Por eso empezamos a frecuentar el Mosquero.

En esos tiempos la lucha era tensa y de mucha lucha callejera. Cierta vez comentando de ese entrenamiento con Manuel Mora en el pasillo del Centro Obrero de Estudios Sociales, al costado norte de la Iglesia Los Ángeles, en broma le dije que por qué él no se incorporaba. Manuel sacando el labio inferior dice: Bueno…, haciendo una de sus acostumbradas pausas para generar más atención, yo muchachos no necesito de eso, y sacó de la cintura la pistola automática que cargaba. En ese tiempo prácticamente todos los dirigentes del Partido andaban armados y Manuel siempre.

Continuamos con gran entusiasmo y mística por varios meses en esa actividad y algunos otros por años hasta lograr cinturones superiores. La realidad en mi caso me venció por otros compromisos y cuando cierta vez, Juan Fernando Cerdas que se había incorporado al grupo, con el desparpajo que lo caracteriza dice: Hay que estar loco para estar en esto: hay que acostarse temprano, levantarse de madrugada, venir en ayunas, ¡para que lo agarren a patadas!

Años después la JVC ocupó el mismo local de la academia en la calle al Pacífico y con ello siguió la relación con la cafetería.

De ese mosquero solo queda el recuerdo. Ya ese San José desapareció.

Cada vez que ahora en mi casa desayuno natilla con pan de bollito, recuerdo aquella cafetería tan sabrosa que llamaban, tal vez injustamente porque no había moscas, El Mosquero.

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