CR-MORA. Umbral. Roni Morera Vargas

Una semana después de su muerte yo me hundí en un marasmo de taquicardias, lloriqueos, dolores de cabeza, tensión, ansiedad y confusión. Estaba cayendo de nuevo en el hueco sin fondo cuando deseé morir, cuando le rogué a mi corazón que dejara de palpitar. Eso había pasado unos 15 años atrás, cuando bajé a mis infiernos, cuando viví la traición, cuando la persona amada me quitó su apoyo, el único apoyo que me sostenía en la adversidad. Y se estaba repitiendo, eran los mismos síntomas…

Pero esta vez no se trataba de una sorpresa: su muerte era de las más pronosticadas. Su cuerpo padecía de todas las enfermedades que podían acabar con el frágil organismo humano: diabetes, hipertensión, cardiomalgia, osteoporosis, inicios de alzaimer… En una de sus primeras crisis confesó sonriente: “Ya he vivido suficiente y estoy lista para morir”. No le discutí su claridad, sólo me sorprendió y aumentó mi admiración por ella.

Después de esto vivió varios años más y se convirtió en la vieja-niña con quien mis hermanas, mi hermano y yo disfrutamos los ratos más divertidos y sufrimos los más angustiantes a su lado. Hijos, nietos, nueras y yernos aprendimos a inyectarla en la barriga, en los hombros y en las nalgas; no siempre lo hicimos bien, aunque ella siempre nos lo agradeció. Luego… los médicos decidieron suspenderle la insulina y dejarle sólo las pastillas. Un mosaico de pastillas multicolores y multitamaños, que debía tragarse con el desayuno, con el almuerzo y con la cena.

Cuando la situación empeoró y empezaron los cuidados paliativos, tuvimos una reunión de hermanos para repartirnos las tareas del funeral. Y lo hicimos con toda la buena disposición, aunque luego las cosas resultaron totalmente distintas y lo planeado sólo funcionó en aquella reunión.

La vimos apagarse lentamente, con la paciencia que se marchita una flor en un vaso de agua. Fue una muerte tan pronosticada que no me dio tiempo para comprender, para procesar dentro de mí mismo que quien estaba muriendo era el gran amor de mi vida. Yo me había enamorado antes, sí muchas veces… y había llorado y me había puesto muy flaco por la pérdida de esos amores; pero esta vez no me había dado cuenta que aquella vieja senil, desdentada y pellejuda era el soporte de mi vida.

Dio su último respiro el 29 de julio del 2019, a las 5:24 PM. Yo estaba ahí, con mi mano izquierda sosteniendo su mano derecha y con mi mano derecha sosteniendo su cabeza. La palabra sublime es la más apropiada para describir aquel momento. Mi hermana menor y las rezadoras ya habían terminado de decir todas las oraciones católicas que se suelen decir en esos momentos. Entonces hubo un silencio breve… apreté con suavidad su mano y le dije: “ya te podés ir, has hecho un buen trabajo, todos vamos a estar bien, no te preocupés, ya has caminado bastante, sólo faltan unos pasos más, andá, dalos…” Miré por la ventana, era una tarde ventosa y asoleada, al fondo Madre Verde lucía una nube como traje de gala, voló una mariposa azul. Le dije: “sos una mariposa que acabás de romper tu cascarón, ahora estás secando tus alas nuevas y te preparás para volar, extendé tus alas, volá mariposa”! Y ella ahogó su último respiro pedregoso y se fue. Yo sentí cuando se fue. La acompañé hasta el umbral de la puerta por donde entró. Viví la paz en mi alma. No lloré. Sólo pregunté la hora y escribí en el whatssap de la familia que Mamá Lidia había partido.

Una semana después me invadió el inesperado marasmo. Yo no sabía lo que me pasaba. La gente que me quería estaba muy preocupada. Y esta vez yo no estaba dispuesto a que la corriente decidiera por mí. Empecé a buscar con urgencia cualquier puerta o ventana que me condujera a una salida. Hasta que, por primera vez en más de 50 años, tuve una cita con una psicóloga. En escasas cuatro sesiones Cynthia, de lo menos que me habló fue de la muerte de mi madre, pero a su brazo tesonero le debo lo que no puedo pagarle con dinero.

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Víctor Hugo Mena dice:

    Gracias por compartir su experiencia. Muchas gracias. Amigo

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    1. Anónimo dice:

      Gracias a vos, Víctor, por darle lectura.

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Comentarios

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