CR-PERÚ. Pedro Castillo: su nombre es pueblo. Allen Pérez

Por Allen Pérez – 15 Junio, 2021 – EnOpinión9

Hace unos días escribí unos versos de agitación, de ocasión, porque juzgué oportuno exorcizarme, acrisolar un cúmulo de sentimientos que entonces ya hacían fila en una larga cola. No estaba en mi agenda referirme a las elecciones peruanas, sino es porque los reflectores de la ultraderecha mundial se posicionaron para desplumar en una orgíaca chifladura a don Pedro Castillo. ¿Cómo no me iba a llamar la atención? Una falsa y percibida cruzada contra un comunismo que no existe desde hace décadas tuvo y tiene por objetivo hacer que Keiko Fujimori sea la próxima presidenta. La pirotecnia propagandística contra don Pedro fue y es de proporciones astronómicas, como cruel e irracional, bestial y mentirosa.  Y es que este fango de perversidades no tiene precedentes. Ni siquiera en los álgidos periodos en que soldados estatales y senderistas se enfrentaron. Y no faltaron <<personalidades>>, unas más notorias que otras, como la del impresentable Vargas Llosa, que dieron rienda suelta a una apocalíptica esquizofrenia. 

Fue a finales del siglo pasado y a principios del presente que trabajé en el Perú, formando parte de un equipo estadounidense en derechos humanos y que evaluaba las secuelas dejadas por el terrorismo insurgente y el terrorismo de Estado fujimorista. Recuerdo no solamente las conversaciones tenidas con las víctimas, también las obtenidas con elementos de la clase empresarial y del gobierno.  Fue en Ayacucho donde contribuí a la investigación citada.  Recuerdo el calor seco, polvoriento, junto al color ladrillo claro de las edificaciones, que al recorrerlas o al mirarlas desde un área distancia suscitaban en mí una fantasmagórica ausencia.  No recuerdo la razón por la cual un individuo que se llama Juan Luis Cipriani Thorne estuvo de primero en mi lista de personajes a entrevistar. Cuando lo llame para concertar la reunión me dijo: <<mire, en la curia no, pero vaya a mi casa para la cena, no ve va a perder, ahí donde veas una tanqueta apostada es donde vivo.>>

Cipriani era a la sazón el arzobispo de Ayacucho (después arzobispo de Lima y cardenal por obra y gracia de Juan Pablo II), y nunca imaginé siquiera conocer a un clérigo de contornos decididamente fascistas.  Fue su imagen el contrapunto clásico de un Opus Deis que despreciaba al indígena y al campesino desde la más ramplona e impúdica condescendencia. Por otra parte, Cipriani era la alfombra de gala de la dictadura fujimorista. Jamás podré olvidar el desdén y hasta el encono con el que las élites limeñas siguen juzgando a los indígenas y a todo lo que oliera a pueblo, a serranía, a cordillera y a selva.  Los burgueses del Perú nunca salieron, mentalmente, del virreinato, de la memoria esclavista y del abolengo semifeudal.  Para un costarricense de mi generación este paisaje resultaba chocante, formado uno en una cierta noción de igualitarismo propio de la tiquicia de entonces y no sé si de hoy. 

El desenfreno obsceno, impúdico, que sigue desatándose contra el grito de millones de peruanos olvidados, arrinconados en el desamparo y el estigma, hizo que mi memoria de dos décadas atrás constatara hoy que nada fundamental haya cambiado, para bien del marginado, en la jurásica sociedad peruana. ¿Podía quedarme indiferente ante tanta escabrosidad? Y es que esta bronca fue de pe a pa totalmente desigual, suciamente asimétrica, por temer la oligarquía limeña perder su privilegiado teléfono con directo acceso a los tentáculos del poder en la Casa de Gobierno (oficial) o, Casa de Pizarro, como vergonzantemente podría decirse, para que la gente no olvide sus abolengos y destierros.  Cipriani todavía así lo piensa: <<todos tenemos el destino marcado>>.

Coincido con el ducho periodista peruano Cesar Hildebrandt que su país podría partirse en dos (las serranías y amazonias frente al Pacífico costeño), cada uno con su Estado y su bandera. Hablamos de dos mundos en extremo diferentes y enfrentados.  El costero hegemónico y excluido el otro. En otras palabras, sobre el tablero la batalla del momento es entre Lima y las regiones. Ninguna conspiración “castrochavista” produjo el inesperado fenómeno de don Pedro Castillo.  De hecho esta elección no fue solo para elegir nuevas autoridades, sino que deberá consignarse como un referéndum donde el Perú profundo exigió ser partícipe de su propia inclusión en una democracia que sea real, equitativa, y no tan solo nominal.

Todo apunta a que el maestro don Pedro Castillo Terrones será oficialmente declarado presidente del Perú.  Pero su victoria empieza cuesta arriba, con un crucigrama político sin resolver, con un Perú que demanda inclusión y justicia frente al otro Perú que afincado frente al Pacífico le teme.  Empecemos con la composición del próximo Congreso:  Perú Libre, la tolda de don Pedro, tendrá 37 escaños de 130 y su aliado de izquierda, Juntos por el Perú, contabilizará 5, en un legislativo compuesto por 10 formaciones políticas.  La mayoría relativa de don Pedro no llega siquiera a una tercera parte del total de representantes.  La realidad sobre el campo de batalla le impone a don Pedro mesura, tacto y prudencia, tejer hilos para aprobar leyes que honren sus promesas. Don Pedro ganó las elecciones mas no el poder; sus enemigos le serán rudos y peligrosos. 

Lo primero es privilegiar la alianza con Verónika Mendoza, excandidata presidencial de la izquierda urbana y cosmopolita.  Juntos por el Perú tiene condiciones para aportar al futuro gobierno cuadros de gran valía y experticia en áreas tan sensibles como el de la economía y la hacienda pública.  Emociona que se tejan entendimientos entre la izquierda rural y la izquierda urbana.  Entre sí ambas se necesitan; lo segundo es garantizar desde el día uno la estabilidad del dólar y el control de la inflación en un contexto crítico de pandemia que impone cumplir con la promesa de la <<vacuna universal>>; lo tercero implica una justa reforma fiscal que permita financiar los programas de gobierno en un país donde campea la corrupción, el delito fiscal como la evasión y la colusión; cuarto, nunca dejar de potenciar desde su liderazgo a los pueblos del Perú profundo  como interlocutores de primera línea.  

Todavía se me pregunta cómo expreso simpatía hacia una izquierda conservadora que no refleja en su espejo las aspiraciones del feminismo, las demandas de las comunidades LGTBQ y otras que la izquierda estadounidense -desde hace décadas- puso en la agenda democrática de Occidente. Se impone aquí, sin embargo, el análisis concreto de la realidad concreta. El movimiento que encabeza don Pedro Castillo es una rebelión democrática que expresa en lo cultural al <<ser>> de un Perú tradicional, arrinconado en su miseria y que, además, es dueño de otras latitudes narrativas que no coinciden en todo, necesariamente, con las de la izquierda citadina y cosmopolita, cuyas demandas democráticas (algunas) se plantean en otros términos.  ¿Qué autoridad tiene una vertiente de izquierda como para imponer sobre otra su visión de mundo en coyunturas tan específicas como esta?  Alienta saber que estas dos izquierdas quieran conversar sobre estos temas -pues son materia de derechos humanos- que necesitan atenderse para bien de todo el Perú. Pero no es desde una torre de marfil, pontificando, el que una conversación como esta se resuelve.  ¡Ánimo y éxito, señor presidente Castillo!

(*) Allen Pérez es Abogado

*ElPaís.cr

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