CR. Nicaragua. Sergio Erick Ardón Ramírez

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Si hay una realidad en que me es difícil tomar partido esa realidad es Nicaragua.
Estuve comprometido en profundidad con una revolución que traería justicia y paz a ese pueblo hermano.
Esa revolución agredida y acechada de mil maneras, con una guerra impuesta desde fuera por largos y sangrientos diez años, a la que Reagan juró destruir, en el tortuoso camino entre sangres y dolores, se fue desdibujando y cometió pecados difíciles de reparar.
La Nicaragua de leche y miel que prometía no fue posible, el imperio cerró todos los caminos.
Siguieron 16 años de gobiernos conservadores, dedicados a no dejar vestigios de lo logrado.
En esos años, el FSLN, en la oposición, perdió cohesión y vio a muchos de sus dirigentes originales alejarse.
Daniel Ortega supo mantener al grueso del sandinismo con él, y con un programa cargado de posiciones oportunistas y echando mano a maniobras y acuerdos inconfesables, ganó unas elecciones, formó gobierno y recuperó el poder.
Todo esto a mi me alejó, sin que perdiera el interés, dándole seguimiento a lo que acontecía.
De entonces a acá han sucedido muchas cosas y se han ido conformando bandos radicalmente enfrentados. Con gentes que bien conozco y que han sido amigos y compañeros, de uno y de otro lado.
El gobierno autoritario y religioso de Daniel y de Rosario no me gusta. No encuentro en el mucho de lo que llevaba al combate y a la muerte a tantos valientes revolucionarios que conocí. Hay ingredientes y deformaciones imposibles de digerir.
Del otro lado, en radical oposición, sin alcanzar mayor cohesión está la Nicaragua derrotada por la revolución en 1979, la Nicaragua conservadora estrechamente ligada y dependiente del imperio y los remanentes del sandinismo disidente, que llevado por la frustración y la pasión han ido perdiendo el norte. Esto lo digo porque sé que han andado buscando apoyos en Washington, lo que demuestra que han claudicado en los principios originales del sandinismo.
Este escenario me lleva a ser coherente conmigo mismo. No puedo apoyar un gobierno y una acción llena de oportunismo y de incoherencias. Como tampoco, y menos, puedo ponerme del lado del conservadurismo sumiso al imperio, ni de quienes han olvidado que el enemigo principal de todos los pueblos de América Latina está ahí.
Así explico el porque lo de Nicaragua no me permite beligerancia.

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