CR. Sutilezas. Max Porras González

el

Estaba de pie frente a nuestro tálamo, algo le arreglaba yo al televisor, mi esposa me observaba con una mirada que al principio me pareció que conllevaba una profunda ternura.
Después de un momento exclamó:
—¡Estamos viejos!
Entendí dos cosas en ese instante; que el “estamos” era más bien un “estás” y que la mirada no era de ternura.
Esa noche pasé varias horas mirando el cielorraso con mi pensamiento justificándose en aquella obra de Neruda:
—Confieso que he vivido— me decía.
En la mañana al despertar algo menos poético vino a mi mente:
—Tal vez si tuviera pelo me lo teñiría

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