CR. La banca. José Ángel Abarca

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Como en otros lugares y desde la antigüedad, era costumbre que a la entrada de los pueblos se reunieran los vecinos para pasar las horas más calientes del día fuera de la casa; pero en este caso, la banca estaba disponible todo el día, para ser el sitio de descanso de los que habían realizado largas caminatas desde lo lejano de sus casas. Las parejas lo utilizaban como sitio de encuentro , y para los mayores era el lugar predilecto para realizar tratos, buscar acuerdos, disipar dudas referentes a algún problema vecinal, o simplemente para pasar el rato.

Durante la mañana, allí esperaban la casadora que los llevaría hasta la Villa, la mamá con el chiquito enfermo, o el que debía ir a San Ramón, la viejita religiosa para hacer una visita a la iglesia, y cualquier otro vecino para realizar alguna otra diligencia. Ester Picado se sentaba un momentico a descansar y a tomar agua, viajaba desde Berlín cargando leche, y huevos para vender en el vecindario. Allí descansaba también Josco el panadero y Sandino el que vendía polacas.

En la tarde, la banca pasaba más ocupada; desde pasaditas las 2 de la tarde comenzaban a llegar.
Habían cumplido con el jornal, descansados y mudados los muchachos y también los viejos iniciaban el recorrido desde sus casas a la banca. Jóvenes, solteros y casados; allí aparecían y esperaban a los de siempre, porque había algo nuevo que compartir, algún nuevo escándalo había ocurrido que merecía una explicación, algún testigo debía existir y en esa tarde debía aparecer.

En vano había subido la patrulla o la ambulancia; las noticias del mediodía algo habían mencionado del fulano que había sido esposo de la muchacha bonita que había venido de la Tigra a coger café donde Miguel.

No faltaban excusas, la banca siempre estaba llena; los inquilinos se turnaban: de 2 a 5 de la tarde los muchachos hasta los treinta, y después de esa hora los mayores, en este turno no aceptaban chiquillos. La temática también era diferente. La primera era sin agenda: deportes, chismes, chistes a como fueran saliendo, en muchos casos quedaban inconclusos por que había llegado el de la bola, y de allí hasta la plaza. La de la tarde-noche era más depurada, allí se hablaba de los tiempos de siembra y del abono, de las graneas, de política y del mundo tan perdido.

En el primer turno entretenía Juan Vargas a los chiquillos contando sobre la vez que le había salido el león subiendo por la montaña hacia Berlín en la finca de Eleuterio, y de las siete veces que debía cruzar el mismo río para ir todos los días hasta la escuela de Zaragoza.

En la banca se resolvieron problemas entre novios y se formalizaron casorios; se consiguieron padrinos de bautismo y matrimonio, se cambiaron gallinas por carracos, se descubrieron concubinas y aparecieron los papás de los hijos naturales vagabundos. Aparecieron también los consejeros matrimoniales y de finanzas, los que descifraban los sueños y los curanderos.

En esa banca regañó Polina a Tello Vargas, Antonia a Lilo Vásquez, y Turillo exageró alguna historia. Nunca faltó un culebra ni algún descendiente de Chico Congo. Rafael Muñóz contó sobre su experiencia como precarista y como junto con otros palmareños se hicieron de una parcela y fundaron Colonia Trinidad. En la misma banca Josefa esperaba a Zoncho Amores mientras tocaba el acordeón. Poco se hablaba de los curas, estando la gruta tan cerca y porque de los curas es mejor no hablar si son todos iguales a nosotros-se decían-.

En esa banca se sabía quien sacaba el mejor guaro contrabando, producía la mejor cuecha, el remendón más barato y sobador más grosero. También se conocía en ese sitio al vecino malapaga y al que le gustaba lo ajeno.

Desde esa banca, en tiempos de elecciones Chico Orlich prometió escuela y hospital.

Oscureció temprano, llegaron los zancudos, se cansaron los viejos y mañana había que trabajar. No existía candil en la calle, no era bueno trasnochar y muy de noche asustaban de camino; la vieja banca de tablón y sin pintar quedó vacía; solo quedaron las chingas y los escupitajos de los mascaban la cuecha.

Nunca se enteraron estas gentes que sus antepasados unos habían llegado con Juan de Cavallón , otros con Pedrarias y Juan Vásquez de Coronado. No supo Zoncho de su origen irlandés y Turillo que descendía de un rey español. Mejor así, porque si lo hubieran sabido a lo mejor no se habrían sentado en esa banca. Todos fueron pioneros en este Valle de los Palmares.

Vendieron los Lilos el negocio, la banca fue parte del trato, el nuevo dueño no quiso a los vagos; bajaron las ventas, se acabaron las historias. Demolieron también la casa de Chico Congo y doña Genoveva, ¡cuánto ha cambiado el Rincón!

Cuántas historias quedaron sin contar? Cúántas más sin escribir? Aunque fueran mentiras, los niños y los jóvenes de hoy se asombrarían del espíritu de sus antepasados, sabios, jocosos, trabajadores porderechos y divertidos. Que hermosos tiempos fueron esos, ¡que banca más alcahueta!.

En una banca más nueva descendiente de la anterior y en el turno de la tarde, Juan Vargas, Hermes Quesada, Jorge García, Róger Rojas, Daniel Vásquez, y Negro Rojas Moya. Tres chiquillos de los que no recuerdo el nombre.

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