CR. Pezuñazo. Sergio Erick Ardón Ramírez

el

Un relato que nos regaló Rodolfo González sobre su primera bola de futbol, me ha hecho recordar las circunstancias en que yo tuve la mía, y lo efímero que fue.
Navidades de 1943, Calle Víquez de San Joaquín de Flores, casa de Eduviges Ramírez y Amado Madrigal.
Ahí estábamos como consecuencia de la aparente ruptura del lazo matrimonial. Lucía Ramírez hastiada de las infidelidades recurrentes de Carrucho, se había armado de dignidad y emprendió su viaje de regreso a su San Joaquín natal. Ya Tobías Ramírez, su padre, le había alertado sobre las angustias y congojas que le traería hacer caso a los amores de aquel galán moreno, de pecho peludo y bigotillo de cola de ratón, que recitando poemas amorosos la quería llevar a Alajuela.
Tobías había sentenciado: ” las puertas de esta casa están abiertas para vos y los tuyos, pero tus problemas no me los traigás aquí”.
Eduviges, su hermana, que había alcahueteado el noviazgo si la recibió.
Y Lucía llegaba con sus tres retoños, María Eugenia ya de nueve años, Nydia de dos y de siete yo.
Decía que era Navidad, en esos días en que los chiquillos nos llenábamos de ilusiones y de fantasías. Y aunque la situación era precaria, mamá nos había prometido que el Niño Dios no se iba a olvidar de nosotros, bueno y generoso como era.
Así que, en aquella infausta noche en que nos dimos cuenta de que el Niño era fantasía, entre lágrimas de dolor por la ilusión perdida, al lado del carrito de bomberos de hojalata estaba mi bola de futbol.
Era de las grandes , la número cinco, de cuero amarillo, con sus gajos cocidos, casi esférica, porque perfecta no era. En el Mercado de Heredia las vendían baratas.
Mas temprano que de costumbre desayunamos, y con mis tres primos mayores, Chaco, Lilo y Vin, salimos a la carrera a estrenarla.
Frente a la casa de adobes y tejas de barro, como casi todas las de Calle Víquez, había un potrerito. Con piedras hicimos las porterías, y a jugar.
Como salidos de la nada fueron apareciendo nuevos jugadores del vecindario. Una bola de futbol de cuero era una novedad.
El único con zapatos era yo, los demás a pata pelada.
Cinco contra cinco, la cosa prometía. Para entonces ya había visto jugar a Alejandro Morera en el Estadio Nacional, y me hacía la ilusión de llegar a ser tan bueno como él.
Había emoción, tanta como que uno de los arrimados le dio a la bola amarilla un patadón que la mando por los aires sobre el techo de la casa. Vin corrió a buscarla.
Al regresar, con cara de tragedia, traía en sus manos la bola partida en dos. Entre los reproches, hubo tiempo para la investigación y las conclusiones.
El “pezuñazo”, así fue calificada la patada homicida, había sido tal que los cueros no resistieron y se rompieron.
Ese día, 25 de diciembre de 1943, perdí la única bola de futbol que recibiría. Y ese día también, resolví olvidarme de mi fantasía de llegar a ser un gran jugador de futbol.

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