CR. Al pie del durazno. Dorelia Barahona

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Ayer me comí un durazno al pie del árbol y no pude dejar de pensar en cuál era el origen de mi alegría. Sembrar, cuidar y cosechar alimentos nos aportan nutrientes de varias índoles: las alimentarias, que nos mantienen vitaminados, las estéticas que nos llenan los sentidos con los olores, formas y sabores desde que la semilla nace hasta la ensalada en el plato, y el entusiasmo ético y aquí es donde vale la pena reflexionar.
Esa pequeña victoria ética que logramos cuando nos autoabastecemos sin pasar por la cadena de empresas y comercios que negocian los alimentos en el mundo nos da alegría. No importa que sea ingenua la alegría y que pensemos que no cambia nada una pequeña huerta pero sí se puede hay que hacerla. Cambia el cuerpo y cambia la mente.
Esa alegría del mordisco en la fruta cultivada es la alegría humana que por unos minutos cambia los mecanismos de distribución de bienes y nos hace sentir empoderados porque le damos un mordisco al sistema que nos enferma y eso nos hace sentir productores de sentido, de goce estético y alegría ética y por un rato el mundo vuelve a ser amable y cercano.

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