CR-ESCAZÚ. Encuentro con Comisario. Rodrigo Montoya Alvarado

roma2/1/021

Luego de hacer unas compras urgentes, bien prevenido, con mascarilla y guardando la distancia recomendada, me monté al bus que me traería a Escazú. Noté, en el asiento de atrás, a una persona sola, sin mascarilla, bastante desgreñada, una camisa descolorida. No me detuve a observarlo, pero algo por dentro me decía que era él.
Cuando el bus arrancó me volví a mirarlo. Era él, la misma barba, solo blanca igual que su pelo; la sonrisa pícara y el ademán en los dedos.
Me cambié de lugar, le pregunté sencillamente -¿Usted es Comisario? Su respuesta fue un estirar la mano y saludarme; por un instante me resistí, luego con la mascarilla bien ajustada le di la mano y un abrazo.
¡Tantos años sin verlo; repitiendo siempre entre nosotros sus cuentos, sus hazañas, sus fantasías! Si hoy tengo setenta años, él rondaría los ochenta y cinco; podrían ser noventa y algo más.
¡Curioso! Comisario no tenía estudios, vestía muy modestamente, tal vez ni siquiera dónde vivir, cosa que a niños de nuestra edad no nos interesaba.
Nuestra ilusión era, terminadas las clases, ir bajo los árboles de Jacaranda que alfombraban el suelo de un morado tirando a lila y sentarnos cerca de él, en rueda, y escucharle sus cuentos y fantasías.
Sabíamos de Bacteria, del vocho, de su vida como futbolista, aunque creo que nunca pateó una bola; de su posición política en la guerra del 48 y cómo condenó al gobierno por su actitud con Carmen Lira; cómo cruzó el río Tempisque en una crecida, por salvar unos cerdos que tenía en la otra orilla.
¡Tantas historias, anécdotas; algunas olvidadas!
-Te recuerdo, vos sos el carajillo de anteojos, hijo de Rafael Pulgo; el mejor artesano que he conocido. -¿Qué pasó con tu Tata?
-Murió, le respondí.
-Ahorita lo alcanzo, me dijo quedito; ya va siendo hora. La verdad he llegado a creer que después de aquí no hay nada, tal vez un borroso recuerdo en la memoria de alguien como ustedes.
Quise preguntarle si tenía familia, no me atreví, solo atiné a preguntarle qué hacía.
-Estoy construyendo un aeropuerto al pie de La Cruz; esa que se pelean ustedes los de Escazú y Alajuelita, para que aterricen aviones y puedan hasta despegar naves como en Cabo Cañaveral.
¡Era el mismo Comisario que tantas fantasías e imperecederos momentos había dejado en nuestra mente!
Inmediatamente rodaron por el piso del autobús sesenta años. Volví a mis diez años; quería preguntarle por Bacteria, cómo se había resuelto el pleito del penal que pegó en el tubo, el asunto de las bolinchas, el vocho, con quién estaba en política, si le habían aprobado los planos del aeropuerto Juan Santamaría. No fue necesario.
-Me imagino que querés saber qué es de Bacteria; tiene mi misma edad, ahorita lo dejé cuidando, su olfato sigue siendo fenomenal, una vista mejor que yo con binoculares.
Casualmente voy al juicio, todavía pendiente, por la vez que olfateó aquel bendito avión que llevaba una jaula con tepezcuintles; se saltó la valla del aeropuerto, se metió en las bodegas del avión e hizo fiesta con los animalitos. En mi alegato yo sostengo que, al contrario, deberían pagarme, pues Bacteria, un perro del tamaño de un San Bernardo, sin ser San Bernardo, cuando llegó a la casa era del tamaño de un Salchicha; de tanto andar se me gastó en el camino.
El vocho lo dejé lavando; ahora cuando salí de la casa, un tráiler se salió de la ruta, el chófer preocupado me hizo señales para que le ayudara. Le pregunté si tenía lingas; lo arrastré por cuatro kilómetros.
El juez del juicio es Ternerón, el que era portero del equipo contrario cuando tiré el penal. Ya en ese entonces era estudiante de derecho. ¿Te acordás? Vos, aunque carajillo viste ese partido. Nuestro equipo era El arranca cepas, el equipo contrario era Los once brujos, ¿te acordás?
Comenzó a las 3:00 pm; como al marco nuestro no llegaba bola me senté a ver el partido en el palo de uruca, detrás del marco; cuando alguien del equipo contrario soltó un balonazo al puro ángulo, yo desde el palo de uruca me dejé ir ¡Fue un tapadón!
Despuesito pitaron un penal a nuestro favor, me pidieron que lo tirara, era el héroe. Me paré frente a la bola, le di tan fuerte que pegó en el travesaño, pasó por encima de todos y entró en el marco nuestro. Como era una final, mis compañeros me querían matar, no podían creerlo.
El autobús llegó a su parada; no quería despedirme. Él como siempre, seguro de sus fantasías que convertía en imaginario, me dice -mañana es feriado, no llega el personal a mi cargo, te propongo encontrarnos. Si no pudieras entonces dentro de un año o dos, frente a la escuela.
Así, sin más, moviendo sus dedos pegados a la sien derecha, como si estuviera contando billetes, nos despedimos. Lo vi alejarse con su andar cansado, como no queriendo llegar. Su ropa era testigo de sus necesidades, sus zapatos con la suela gastada; de los tacones solo quedaba la parte interna, que lo hacían caminar corvetas.
Un dolor grande me invadió, pensando en que con esa imaginación que poseía cómo alguien con mayor sensibilidad no vino en su rescate. Era un maestro en la narración y fundamental en el trato con los niños.

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