CR-ALAJUELA. Deuda. Sergio Erick Ardón Ramírez

“Mire Erick, yo no sé en que está usted metido, pero sea lo que sea, cuente conmigo”.
Veníamos en el achacoso jeep Willys que fue el carro más lujoso de su pertenencia.
Mi suegro Alejandro Morera Soto fungía entonces como gobernador de Alajuela, y fue él y sus diligencias el motivo por el que los quince días de encarcelamiento en el pabellón de aislamiento de la Penitenciaría Central, terminaran.
Se había presentado con una orden de liberación autorizada por el alcalde Salvador Balma, que llevaba el caso, en que constaba que mi nombre no aparecía entre los imputados del asalto a la cárcel de Alajuela para liberar a Carlos Fonseca.
Esas palabras me conmovieron, habiendo experimentado la gran soledad, cuando familiares y amigos prefirieron hacerse a un lado, y después de vivir durante esas dos semanas terribles los horrores de la “peni”.
Alejandro Morera fue un notable jugador de futbol, seguro que el más notable de los nacidos en estas tierras. Tan notable, que brilló con el Barcelona y con el Hércules de Alicante, cuando cruzar el océano era toda una odisea.
Pero Alejandro Morera fue mucho más que un mago con el balón. Fue una persona buena y generosa, tan buena y tan generosa como no conozco igual.
Por esas cosas del destino y de la suerte, me tocó casarme con su única hija, Gennie, ser su yerno, y padre de sus seis nietos. Y esa relación con su gente más amada me llevó a conocerlo en toda su integralidad, y a gozar de su cariño y su confianza. Así explico la incondicionalidad con que me saludó al salir del encierro, y mi gratitud eterna hacía él.
Que alguien de su entereza y calidad humana, en momentos de zozobras y desdichas, te brinde el respaldo sincero, porque en Alejandro Morera todo era sincero, da no solo para sentirse bien , da para sentirse orgulloso.
Al regreso al país, como consecuencia de la guerra que asolaba España, lo primero que hizo fue visitar a su amada Julita, a quien había prometido regresar, y pedirle matrimonio. Todo esto antes que volver a patear una bola.
Debe saberse que Alejandro Morera, acompañado de fama y renombre, y además de muy buen ver, podría haber escogido compañera, la que él hubiera querido. Fue fiel a su compromiso y volvió al regazo de una mujer lisiada. Julita Pacheco Pérez, había sufrido los estragos de la poliomielitis siendo muy niña.
A los alajuelenses nos tocó ver y disfrutar de las virtudes con el balón, y también las virtudes ciudadanas, de un hombre de origen humilde, que por encima de cargos públicos, diputado , gobernador, nunca dejó de ser “Jandro” el de Plaza Yglesias, el hijo de Juan y de Eufemia.
Y es que la grandeza de una persona está ahí, en la forma natural y sencilla de ver la vida y darse, sin humos, sin aspavientos, sin poses.
Las circunstancias lo llevaron a hacer de agricultor. Sembró y cosechó café en las faldas del Volcán Barba, en Carrizal, en tierras heredadas de su esposa, y fue también un volcán el que lo llevó a la ruina.
La ceniza del Irazú cubrió los cafetales y entonces no hubo cosecha, ni plata para atender las deudas contraídas, y las fincas se perdieron en manos de los prestamistas, y sobrevino la ruina.
Y él, que en su nobleza, había sido fiador de muchos, topó con puertas cerradas.
Asumió su condición de hombre sin bienes con total dignidad. La misma dignidad que le venía de sus padres pobres, sin bajar la cabeza, sin lamentos ni suplicas a nadie. Como corresponde a una persona de bien.
Dedicó entonces su tiempo y sus desvelos a chinear los nietos, a ayudarnos a llevar la carga de los tantos hijos. A transmitir su bondad y su ternura, su sencillez, su nobleza.
Los últimos años los pasó ido, enfermo de demencia senil, sin que sus ojos sonrientes , perdieran la chispa. Y sin que todos los que lo conocimos como jugador de futbol excepcional, como ciudadano ejemplar, como amoroso padre y abuelo, como fiel y leal esposo, como Alejandro Morera Soto, tuviéramos una queja de él.

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