CR-ALAJUELA. Ferrocarriles. Sergio Erick Ardón Ramírez

Cuando pequeño mi ilusión mayor era que el Niño Dios tuviera suficientes trenes como para traerme en Navidad a mi uno.
Y lo tuve , un tren de hojalata, que circulaba por una línea circular de un metro y medio de diámetro impulsado por baterías.
No era gran cosa , pero era mi tren, con ventanas y personas esmaltadas de muy vivos colores y una locomotora plateada con ruedas negras, que arrastraba cinco vagones, con el “cabús” de cola, como debe ser un cabús, amarillo.
Miles de vueltas daría el tren que no iba a ninguna parte, mi tren.
Creo, no lo recuerdo bien, que era de fabricación alemana, como todo lo que de moderno había en mi casa, siendo mi tata como era
uno de los tantos admiradores fervientes de todo lo alemán, que sería lo mejor que se fabricaba en el mundo. De China entonces no llegaban más que unas sedas perdidas y uno que otro abanico oloroso de finas láminas de sándalo.
A mi se me hacía muy difícil de entender como era que mi primo Fernando, le pidiera al Niño Dios un potranco de verdad con su montura. El tren simbolizaba la modernidad y el progreso, así medio lo entendía, los caballos en cambio, junto con las carretas y los bueyes, el pasado y el atraso.
Este gusto por locomotoras y rieles, he llegado a concluir, que me venía del hecho insólito de que vivíamos en medio de trenes.
Nuestra casa, por lo menos hasta los 9 años, fue la de mis abuelos paternos. A un costado, al este, cruzando la calle, la Estación al Atlántico con sus negras locomotoras de carbón, y como venían de Limón, con maquinistas y fogoneros también negros. Una empresa inglesa, la “Northen Railway Company” era la dueña.
La estación del Ferrocarril Eléctrico al Pacífico estaba 75 varas al oeste. Esta era más bonita, con una fuente y jardines. y esta si era una empresa pública nacional.
Vemos entonces que viví mi niñez entre el ir y venir de los trenes.
Cierto es que justo detrás de la casa había una caballeriza con herrería, desfilaban lo caballos, y con el favor del viento llegaba el olor muy característico a cascos quemados. Y que la plaza del dulce de Pío Pol, a una manzana, atraía todos los martes un desfile interminable de carretas, con su lento paso crujiente, las miradas perdidas de los bueyes, el cálido olor a boñiga, y los mandos imperiosos de los boyeros con sus chuzos punzantes.
Caballos, jinetes, carretas, bueyes, boyeros, chuzos, leña , atados de dulce, todo aquello era el pasado. Lo que gustaba Fernando.
Mientras que los trenes, con sus locomotoras eléctricas o a carbón, sus largas filas de vagones de pasajeros y cargas, rodando vertiginosamente sobre rieles de acero eran la imagen misma del futuro y del progreso. Esto era lo que yo gustaba.
Y debo decirlo, lo que yo sigo gustando, porque casi 80 años después sigo siendo un convencido que los ferrocarriles son la solución mejor para el transporte terrestre.
Y que sean eléctricos, que electricidad tenemos, y que sean nuestros, nacionales. Que los sabremos hacer eficientes y bonitos.

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