CR. Tranvías amarillos. Sergio Erick Ardón Ramírez

Vistiendo las mejores prendas, las más a la moda, viajaban mi madre y mis dos hermanas hacía San José.
De María Eugenia recuerdo su sombrero de paja fina coronado con frutas de algún material, no sé cual, coloreadas a mano. Las trenzas rubias de Nydia recogidas en la cabeza con un gran lazo de tafetán de colores vistosos.
Se iba de paseo, y el tranvía se abordaba donde está la estatua de León Cortés. Entonces estaba ahí, en lo que hoy es el Museo de Arte, el aeropuerto internacional La Sabana.
El paseo en tranvía era emocionante, sobre todo para niños provincianos, y conducía hasta el punto, donde frente a la sastrería de renombre Ramírez Valido, se encontraba La Garza, visita obligada, con sus cremosas malteadas y sus generosos trozos de queque moka.
Todo esto , casi un ritual, era cosa esperada de los domingos, después de la misa de ocho, la preferida, por que era amenizada por la banda municipal de Alajuela. Acto seguido, como parte del ritual, mamá con sus hijas de la mano, hacía un recorrido viendo ventanas, hasta la altura de la tienda La Gloria, donde se tomaba de nuevo el tranvía amarillo para iniciar el regreso en cazadora, justo a tiempo, para llegar a la casa de los abuelos a almorzar. Mi abuelo Cipriano, no consentía el menor atraso.
Papá rara vez acompañaba, pero yo sí. Y por eso cuento el cuento.

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