CR-OREAMUNO-San Gerardo. Mi amigo Enrique. Aureo López

Pertenezco a ese numeroso grupo de personas que tienen, al menos, un amigo llamado Enrique. Yo he tenido tres, pero solo uno se llama Enrique Obando. Asi, con nombre y apellido en términos registrales y bautismales, porque en términos familiares y de allegados como yo, siempre ha sido “Enrique el de Custodia” según una arraigada tradición criolla de distinguir a las personas por su ascendencia o vínculo civil.

Nos conocimos de pantalón corto en la única calle de un pueblito verde y frío al pie del Cerro Pasquí, en las altas serranías de Oreamuno de Cartago, cuando San Gerardo de Oreamuno era solo un poblado de seis u ocho casonas viejas de madera gruesa y oscura labrada a filo de hacha, sin electricidad, sin agua potable, sin iglesia, sin pulpería y sin fiestas patronales propias.

Cada vez que me desplazaba de Cartago hasta San Gerardo, mi primera acción era encontrar a Enrique sin buscarlo, en la única calle con que aún cuenta el pueblo. Y fue de la mano de Enrique que entré en ese mágico mundo rural, donde conocí las maravillas de corretear por potreros ajenos y sembradíos ídem donde arrancábamos, de manera furtiva, dos o tres zanahorias de ingesta inmediata, o cuatro papas que terminaban cocidas a las brazas en una fogata improvisada. En repetidas ocasiones le logramos sacar medio jarro de leche a una vaca mansa y montamos en pelo algún docil caballo de impura sangre y de poca alzada. Pero también realizábamos obras benéficas, como la pesada tarea de ir a traer leña, llevar almuerzos a la peonada del surco feraz, o hacer mandados a la pulpería más cercana en el poblado de Santa Rosa, bajando por la calle que culebreaba a lo largo de un kilómetro entre jaulares y barrancos. Pero para esta última actividad contábamos con una aliada irremplazable que los chiquillos de hoy desconocen. la “rueda de gancho”, un aro de bicicleta sin radios que impulsábamos con un gancho de alambre grueso ajustado a los contornos de la rueda.

Llegamos a compartir tantas cosas, que cuando Enrique se preparaba para la primera comunión, me invitó a cumplir juntos con el tercer sacramento, porque al fin y al cabo, los pecados que ambos debíamos confesar eran los mismos. A las transgresiones señaladas lineas arriba, solo había que agregar ocasionales madrazos o respuestas irrespetuosas a nuestras progenitoras.

Así eran nuestros días de infancia durante mis vacaciones escolares en aquellos bellos montes. Pero había que enfrentarse a lo inevitable: debiamos crecer. Y ese crecimiento nos llevó por caminos diferentes. Enrique terminó trabajando para la Fuerza Pública, mientras yo me enrolé con gente de la izquierda en las filas de la Juventud Vanguardista Costarricense.

Durante los años sesentas y setentas del siglo veinte, la JVC protagonizó importantes acciones políticas que nos llevaron a serias confrontaciones con la policía. Curiosamente, nunca vi a mi amigo entre los pelotones de uniformados que se nos tiraban encima y nos llevaban presos. Todavía hoy me pregunto qué habría ocurrido si las circunstancias nos hubieran colocado frente a frente en las agitadas calles de San José. Creo que esa pregunta jamás tendrá respuesta. Amigos y parientes me han comunicado, con tristeza, que Enrique Obando, hoy pensionado, muestra una conducta extraña provocada por una severa pérdida de la memoria. Según primas y amistades que conservo por allá, mi amigo Enrique contrajo el mal de Alzheimer.

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