CR-AUSTRALIA. Recuerdos. Sergio Erick Ardón Ramírez

Xinia y yo vivimos experiencias muy ricas en nuestros peregrinares por el mundo. Ella como emigrante en Australia, yo como estudiante en USA. De esas experiencias hablamos esta mañana entre sorbo y sorbo de café. La verdad es que Xinia no toma café, toma té. Pero eso no altera nada de lo que paso a contarles. Ir a parar a Australia, si hoy sigue siendo un viaje duro, hace cincuenta años era casi cosa de locura. Y que ese viaje lo emprendiera una mujer joven que nunca había estado ni en Liberia ni en Limón, y que de inglés sabía lo que sé yo de chino, era una verdadera aventura. De aquí a Los Angeles, luego a Hawaii, pasando por las islas Fidji, para descender en Sidney, dos días de peregrinar.

Su papá, Macho Quesada, le había alertado de los peligros de aceptar algo de los extraños, y como todo el mundo era extraño, el único recuerdo que aún guarda es un abanico que le obsequió un chino que se sentó a su lado en el trayecto de Hawaii a las Islas Fidji.Cuenta Xinia que al llegar le preguntaron su procedencia, lo que a duras penas entendió, y ella dijo “yo vengo de Alajuela”. Le trajeron un mapa mundi para que señalara ese desconocido lugar. Cuando lograron ubicar a Alajuela en Costa Rica, quisieron profundizar la información y ella les aclaró que era hija de Macho Quesada, el hijo de Manuel Quesada que tenía una fábrica de kolas frente al mercado en Alajuela. Superado este primer escollo, Xinia, ayudada por amigos ticos que conoció a través de su marido, que fungía de cónsul en Sidney, consiguió trabajo en una fábrica de corbatas, cuyo dueño era un lituano, cetrino y de ancho bigote negro.

Este lituano parecía estar embelesado, puesto que el aspecto de esta nueva obrera de su fábrica precaria, era muy diferente al de las demás obreras mal pagadas, que explotaba. Todas ellas mujeres mayores, rollizas, envueltas en ropas negras, venidas de Grecia y Turquía. Entre aquel tumulto de trapos negros y caras de necesidad, una mujer delgada como una espina, que llegaba al trabajo, sonriente, vistiendo una escandalosa minifalda, con botas altas de cuero, con sus ojos azules y su pelo castaño recogido en cola de caballo, que más que al trabajo parecía que iba a una recepción, y que decía venir de algún confín perdido de la América Latina, no dejaba de inquietar al lituano, y sobre todo a su esposa, que no sabía entender tanto interés de su marido por la obrera menos hábil y diligente.

Esta experiencia de trabajo duró poco, no podía durar mucho más. Un año entero estuvo llevando esa doble e insólita vida. Obrera fabril- se hizo de otros trabajos- durante el día, y en la noche, a menudo asistente a recepciones y fiestas del cuerpo diplomático.De inglés poco aprendió, no fue posible, en las clases nocturnas se dormía, si conoció una que otra palabra de griego y de turco, y la colonia costarricense, numerosa, todo se lo resolvía. Con los australianos, tanto los aborígenes, tratados como basura, o los de origen británico, distantes y poco comunicativos, ninguna relación pudo desarrollar. Cuenta Xinia que al cabo de un año dijo, “basta ya”, bastante por la aventura, e hizo el viaje de regreso a la acogedora Alajuela, donde la esperaban sus tres hijas pequeñas , su madre, Macho Quesada, y algunos más.

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