CR-Chirripó. Lo que descubrí en la montaña sagrada. Parte IV final (fotos). Edison Valverde Quirós*

Febrero 1994.

Una vez reunidos en Base Crestones, nos alivianamos un poco y procedimos a acomodarnos. El pequeño valle (si se le puede llamar así) comprendido entre los colosales Crestones y otros cerros estaba bien resguardado del frío viento, más eso no impedía que el frío de la noche avanzara con prontitud. Dentro de aquella depresión geográfica figuraban tres construcciones. La casa de guardaparques, de aspecto bastante modesto, el “albergue de visitantes” llamado jocosamente por nosotros como “la hielera”, por ser una estructura con paredes de lata de zinc y sin recubrimiento alguno, y una casucha con un cuarto único a manera de cocina donde, a duras penas cabrían unas 10 personas de pie.

Aquella noche, por primera vez, intentamos cocinar ya que todos estábamos ansiosos de comida caliente. Sin embargo, de nuevo la falta de experiencia hizo que nuestros anhelos se estrellara de plano con una olla de arroz cargado de sal y guacho (con demasiada agua). Libro de responsabilidad a mis compañeros a los que se les había asignado la tarea. Cocinar a más de 3000 msnm requiere cierta pericia ya que el agua y los ingredientes no se comportan igual que en la Meseta Central o el resto del país. Aquella olla de arroz parecía “helado de coco”, imposible de desprender de la olla, incomible… En son de broma el guardaparques sugirió que lo dejáramos afuera, a ver si los coyotes “le hacían tiro”. Así pues las cosas, nos tocó comer atún con galleta soda, que en lo personal supo de maravilla. Ya entrada la noche, contamos un par de chistes, repasamos los acontecimientos y el plan del día siguiente, nos maravillamos con un cielo totalmente estrellado, alguien sacó una bebida espirituosa que básicamente se volatilizó entre todos los miembros del grupo y procedimos a acomodarnos en la hielera. Un único Camón de unos 15 metros de ancho por 2 de largo era donde todos los visitantes, sin distinción de nacionalidad, nivel socioeconómico ni credo se tenían que acomodar (sopena de dormir afuera del refugio). Nunca he visto tanta democracia a la hora de dormir. Y así, cada quien en su bolsa, desechos por la faena del día, conciliamos el sueño…

Aquella noche repasé como en mayo pasado de regalo de cumpleaños, le pedí a papá que me ayudara a realizar el viaje, a lo que él accedió… Repasé cómo fui reclutando a los compañeros de viaje, en un inicio el grupo era el doble de grande pero por diversas razones muchos se quedaron en la fase de planificación, repasé lo vivido, sentí incertidumbre y miedo, pero fue solo pasajero. Los aullidos de los coyotes, lejos de asustarme, me causaron una fascinación extraña. Y entre los ronquidos de mis compañeros y los sonidos del páramo subalpino, me atrapó el sueño.
A eso de las 5 de la mañana nos despertamos. Alguien (no recuerdo bien) descubrió fuera del albergue los charcos de agua congelados lo que nos causó gran emoción… ¡Esa madrugada habíamos alcanzado los una temperatura bajo cero! Nos alistamos, desayunamos galletas y un desabrido café y empezamos la marcha. 5.1 km nos separaban de la cima.

Subimos hasta Los Crestones y la foto de rigor no se hizo esperar. Aquellos monumentos naturales nos fascinaron a todos. Recuerdo que Tavo me pidió en aquel momento que le hiciera un cuadro de Los Crestones para recordar siempre la sensación de estar allí (lastimosamente dejé el dibujo y la pintura, luego me di cuenta de que siempre obtuvo su cuadro). Subimos por detrás de Crestones hasta el cerro Terbi. Aquel paisaje era surrealista. Años después al ver las adaptaciones de Tolkien en el cine, no podía si no sonreír al sentir que habíamos estado en un paraje idéntico, mágico, de otro mundo.

Bajamos del Terbi por en medio de unos farallones llamados “Los Guardianes del Agua” y descendimos hasta el Valle de los Conejos. Allí, luego de atravesar el río Talari (quebrada del trueno) iniciamos el ascenso a “La Montura”. El grupo iba motivado, movido por la emoción de ver en cualquier momento la cumbre, y finalmente, a eso de las 10 am divisamos desde La Montura, por primera vez, la cumbre del Chirripó Grande. Con sus 3820 msnm, se levantaba majestuoso entre dos valles de origen glaciar, adornados por morrenas o cuerpos de agua originados cuando todo el macizo estuvo cubierto de hielo en la anterior era del hielo. La cúspide perfecta del cerro fue quizá la más asombrosa vista de mis entonces 16 años.

Caminamos, casi corrimos, con nuestros zapatos al borde del colapso, con un cielo de un azul profundo como telón de fondo, y escalamos (usando manos y pies) los últimos 50 metros.

AL FIN!!!! LO LOGRAMOS!!!! Uno a uno llegamos a la cima, tomamos las fotos de rigor, escribimos nuestro nombre y algún mensaje en la bitácora que se hallaba en una vetusta caja de metal en la cima, alguno lloró de la emoción, otros rieron, y al final todos agradecimos la mutua compañía. Regresamos con el corazón lleno, con los ojos llenos de paisajes, los pies llenos de kilómetros. Ninguno de los que subió regresó siendo el mismo, porque cada viaje es una vida. Porque las experiencias de este tipo se quedan para siempre. Ahora solo espero poder llevar a mi hijo y que él pueda descubrir en la montaña sagrada, lo que yo descubrí: UN INMENSO AMOR POR LA VIDA. FIN.

*Edison Valverde Quirós caminante, hijo de Edison Valverde Araya caminante

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