CR-Chirripó. III Parte. De San Gerardo a Base Crestones. Edison Valverde Quirós*

PARTE IV

4-5 febrero 1994.

Aquella noche en el salón comunal de San Gerardo de Rivas la recuerdo particularmente desastroza. Habíamos comido mal durante todo el día, los bancos eran poco confortables, y además, las paredes del salón tenían en su parte superior un tipo de block decorativo que dejaba pasar libremente no solo el aire si no toda clase de mosquitos y otros insectos que hicieron de nosotros su cena.

A la mañana siguiente (5 de febrero), a eso de las 3 de la mañana, ya habíamos tenido suficiente de la tortura de aquellos infames chupasangre. Nos pusimos en pie y nos dispusimos a desayunar un botín capturado el día anterior. Habíamos encontrado un naranjo cargado de fruta en un potrero a la orilla del camino y habíamos recogido bastantes como para que cada quien comiera dos o tres naranjas. Luego de comernos aquel frugal desayuno iniciamos la caminata. Debemos aclarar que si bien el Chirripó es un lugar bastante visitado en la actualidad, en aquel entonces no lo era tanto. La calle de lastre solitaria, el escaso alumbrado público y la emoción de la aventura nos acompañaban en esos primeros kilómetros. Viéndolo en retrospectiva, no sé cómo no nos perdimos la entrada al sendero, la cual estaba muy pobremente demarcada.

Cuando iniciamos el sendero (luego de unos 40 minutos de haber desayunado) , empezamos a sentir el peso real de un desmedido equipaje. Ya sea por inexperiencia o por desconocimiento, algunos compañeros llevábamos más de la cuenta. Casi al término de la primer cuesta (llamada justamente como El Termómetro) uno de los compañeros de viaje no soportó más el desayuno…. Y allí mismo lo devolvió a Madre Natura. Vomitar es un acto liberador y allí conocimos ese concepto. Ya después de eso y más repuesto, aquel compañero continuó, siempre con el apoyo de los demás.

Yo sabía que el recorrido hasta el albergue de Base Crestones era de unos 15 km (en realidad 14.5 km), pero en mi mente adolescente no dimensionaba todos los factores: la pendiente, la mal dormida, la pésima alimentación, el peso del equipo… Sin embargo, cuando el Sol despuntó y se coló por entre las barbas de viejo que colgaban de los Robles, todo valió la pena. El concierto de jilgueros de montaña (que tanto conocía por mi abuelo), los quetzales volando entre aguacatillos, las gallinitas de monte urgando entre los arbustos y despreocupadas de nuestra presencia… Todo era parte de nuestro triunfo, un regalo precioso que aún hoy me llena de satisfacción y amor por la naturaleza. Cuando alcanzamos la marca de los 7 km (Llano Bonito) nos encontramos con un rancho con unos tablones que se nos antojaron idóneos para descansar (hoy en día ya no es un rancho, si no unas instalaciones con baños, agua potable, venden comida caliente, té, chocolate, café y otras cosas de primera necesidad).

Por cierto, el día anterior el funcionario de Minae nos había encargado subir un paquete de baterías tipo D (de las enormes) que pesaba como 5 kilos. En aquel entonces no había electricidad en el albergue y los guardaparques se iluminaban a punta de focos y lámparas de Canfin. Ya para el kilómetro 10, esas baterías pesaban como nunca, pero para nosotros era una misión vital.

El grupo se había dividido en dos. Dos compañeros (Alex y Esteban) quedaron rezagados (por problemas de rodillas y otros) y otro grupo (Juan, John, Tavo y yo) que tomamos la delantera. Al terminar de subir La Cuesta de los Arrepentidos (nunca entendí el nombre) divisamos la casa de guardaparques y un precario albergue de latas de zinc para los visitantes. Nunca fuimos tan felices. Lo habíamos logrado. Nos abrazamos, lloramos, tomamos fotografías y corrimos cuesta abajo hasta el albergue. Allí nos recibió un guardaparques con la mejor aguadulce que he probado en mi vida. Entregamos orgullosos las baterías, ya para ese entonces habíamos cumplido 10 horas de caminata y estábamos exhaustos. Sin embargo, el guardaparques nos advirtió sobre la posibilidad de tener que ir a buscar a los compañeros rezagados, ya que si les alcanzaba la noche, y con las temperaturas tan bajas a esa altitud (3600 msnm) podía ser peligroso. Acordamos esperar hasta las 5 pm, y si no habían llegado, tendríamos que ir a buscarlos. Dichosamente, a eso de las 4 y resto de la tarde, asomaron Alex y Esteban por la bajada de Arrepentidos. Se habían encontrado a un arriero quien viendo su situación se ofreció a ayudarles con el equipaje.

Estábamos finalmente reunidos en Base Crestones, aquellas monumentales formaciones geológicas que solo había visto en calendarios y recortes de periódicos, ahora estaban frente a mi… Pero aún quedaba la meta final: el Ascenso al punto más alto, El Cerro Chirripó Grande… CONTINUARÁ….

*Edison Valverde Quirós caminante, hijo de Edison Valverde Araya caminante

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