CR. Sábanas blancas. Juanito Chacón

En ocasiones, uno planea las cosas, toma precauciones aspirando a un final feliz y, el destino las pone patas arriba. Durante ocho meses, en mi burbuja (mi esposa y un servidor) tomamos todas las medidas necesarias para que el COVID-19 no nos afectara. No obstante, un evento coronario inesperado me mando a emergencias del Hospital de Heredia, lo que más temía. Estuve dos días internado, poco tiempo después, ya en mi casa, perdí el olfato. Me practicaron un PCR: ¡positivo!
Días después mi salud se agravó. De nuevo al San Vicente de Paúl y, de ahí, a la Unidad de Cuidados Intensivos del México. Mi situación era muy riesgosa: 81 años y dos patologías: una pulmonar (EPOC) y otra coronaria que me produce arritmias, además de presión alta.
La sirena de la ambulancia rompió el silencio de la noche.
—No se preocupe —me dijo el asistente del chofer— es para que nos den vía libre.
Llegamos al México, directo al sexto piso, área COVID. Me dieron la cama 5 de una UCI. El salón, equipado con 6 camas, a dos metros de distancia una de la otra (aproximadamente), tres de un lado, lo mismo al frente; separadas en ocasiones especiales por una cortina movible. Cada una contaba con equipo muy moderno (respiradores, monitores y otros) que hacían un desagradable ruido por las noches, imposible dormir; más si sumamos las súplicas de una abuelita de 87 años que dormía cerca.
Los héroes y heroínas del primer frente
Médicos, enfermeros, auxiliares, todos ellos, con una vocación impresionante, dispuestos a prestar auxilio y consejo. Nunca los observé perder la calma por más difícil que fuera el paciente que atendían. Verdaderos héroes que ofrendan sus vidas por salvar las nuestras. El personal de enfermería trabaja en grupos pequeños de unas cuatro personas, en diferentes turnos. Entraban al salón y salían en perfecta coordinación y cuidado, no permanecían mucho tiempo, conocían el riesgo. Casi siempre eran los mismos: aseaban a los pacientes, los bañaban, ponían inyecciones, daban medicamentos, entre otras funciones. Unos enormes ventanales separan los salones del pasillo principal, era común mirar, a toda hora, funcionarios observando a los enfermos y monitores.
Los médicos siempre atentos, dando ánimo y planeando los tratamientos que requerían sus pacientes. Es una lucha de equipo, sin tregua, cuyo fin es la noble tarea de salvar vidas.
No todos los pacientes tuvieron la dicha de vencer al virus. Cuando ingresé éramos seis, días después, dos compañeros habían fallecido, el de la cama 1, un joven de unos treinta años, extranjero y mi vecina de la 6 que estimo de setenta, fue conmovedor escuchar a sus hijos despedirse de su mamá. Lo mismo que sus féretros en el pasillo, antes del viaje final.
La promesa
Un enfermero muy buena gente a quien llamaré Hugo, trajo una silla y se sentó al lado de mi cama, me preguntó:
—Don Juanito —¿A qué se dedica usted?
—Actualmente, a disfrutar mi vejez —dije.
Le comenté que durante cincuenta años había ocupado mi vida activa en labores propias del mercadeo. Que desde hacía seis, me ocupaba de mis aficiones personales: leer, escribir y atender una página que administro en Facebook.
—¿Entonces usted es escritor?
—Más bien un aficionado—contesté
Pues bien, le voy a pedir que escriba sobre lo que ha visto y vivido en este salón. Muchas personas no tienen la menor idea de lo que aquí ocurre. Piensan que el COVID es una simple gripe, algunos, hasta se hacen publicidad en los medios de comunicación comentando, como gran cosa, que tuvieron el virus, creen que es la moda. Otros critican a la CCSS, ignorando la realidad que vivimos. En esta área muere gente todos los días, de todas las edades y condición social.
—¿Me promete que lo va a escribir?
Más tarde me enteré qué, Hugo, es un sicólogo que se encarga, entre otras cosas, de motivar a los enfermos.
El 24 de diciembre me dieron la salida, nueve días estuve internado. Me llevé la sorpresa que no podía caminar, no sentía mis piernas y mi debilidad era impresionante. Lentamente, me he ido recuperando. Pronto estaré bien.
Promesa cumplida, amigo Hugo.

*Ángela Ulibarri

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