CR-Barrios del Sur. Carlitos y los tacacos. Claudio Enrique Monge Pereira

Siempre, al ver TACACOS, recuerdo con mucha fortaleza a mi entrañable Amigo de los Barrios del Sur, CARLITOS. Ambos, por su lado cada quien, solíamos escalar los bellos cerros San Miguel y Pico Blanco. Éramos chamaquitos aún y más libres que el viento. Intrépidos y osados, sin miedos; y hasta dormíamos bajo cero en aquellos predios con cualquier chuica y tapados con ramas de GÜITITE y hojas de malanga silvestre. Eran paradisíacos aquellos parajes. Hace un ratito lo recordaba a él y me fui al solar a ver qué recogía. Paso primero por mis amapolitas salpicadas de rosados tiernos, hijas de las estaquitas que traje del Cerro Alto un buen día. Las saludo y les pregunto por sus hermanas, también germinadas de mis manos. Los colibríes las aman: hacen Zum Zum! Antes de llegar a las extensas matas de TACACOS, un ayote tierno, chayotes sazones muy secos y luego el tacaquerío que cuelga de sus bejucos como lucecitas en serie, de esas que se lucen para la Navidad. Encontrar el primero es igual que toparse de repente con un Duendecillo. Te vas tras él y así seguis hasta perderte en el follaje. CARLITOS subió una Semana Santa al cerro San Miguel, en cuyas laderas abundaban los TACACOS silvestres. A los tres días, cuando regresó a su casa la mamá le preguntó “qué trajo mi chiquito?” Y él, acelerado como sigue hoy, le contesta: “¡Mamá, habían tanates de TACACOS… pero no traje porque todavía estaban todos VERDES!” ClaMo.

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