EE.UU. Ficción, con sentimiento. Sergio Erick Ardón Ramírez

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He estado siguiendo con especial interés todo lo que ha venido aconteciendo en Washington. No lo hago por morbosidad ni por solazarme con la tragedia que vive USA.
Es que por encima del interés que puede haber en alguien que entiende que lo que sucede en ese país nos afecta, para bien o para mal, el hecho de haber vivido ahí por casi seis años, me hizo acercarme a la gente y conocerla un tanto.
En Milledgeville, en las profundidades de Georgia, donde estuve aprendiendo inglés, antes de entrar a seguir la carrera de arquitecto en el Instituto Tecnológico de Georgia, conviví con el usamericano campesino, productor de maní y de melocotones, supe de su ingenuidad y su simpleza, de sus costumbres arcaicas, de su racismo, de su religiosidad.
Ahora, al ver las caras de muchos de los partidarios de Trump que asaltaron el Capitolio, me pareció ver en ellos a aquellos campesinos de tierra adentro que conocí.
Estaban ahí porque están convencidos que les robaron una elección, que a su ídolo son los políticos de Washington, los que lo bloquean con males artes, porque los ha evidenciado, y entonces les estorba. Eso es lo que ellos creen y por eso acudieron al llamado de Trump a quemar los últimos cartuchos.
Igual que se presentan voluntarios para marchar a la guerra a tierras de las que nunca habían oído hablar, pensando que su sacrificio se hace en defensa de valores superiores, soldados del bien contra el mal. Enfrentando la plaga infernal del comunismo. Porque en su ingenuidad y su ignorancia, dan por bueno todo lo que les hacen creer. Y sean chinos, rusos, iraníes, iraquís , afganos, venezolanos o cubanos, tengan la cara que tengan, son comunistas, son el enemigo al que hay que derrotar para salvar su país sin igual, y también salvar al mundo. Eso creen, no es justo llamarlos fascistas, no lo son, porque no lo saben ni lo entienden. Son simplemente carne de cañón.
En los videos se les ve recorriendo los amplios y lujosos salones del Capitolio tomando fotografías, hacen una especie de turismo. Nunca imaginaron que pudieran entrar en este recinto exclusivo de los poderosos, los políticos de Washington , los que no los representan, ni se interesan por sus dificultades y congojas.
No puedo dejar de lado mis sentimientos de compasión. Porque compasión es lo que siento por estos hombretones envueltos en banderas, usados , llevados y traídos por políticos sin escrúpulos, y si muchos sórdidos intereses. Muchos de ellos son trabajadores, gente de overall y tractor, que se encuentran desolados. Les han dicho que el país se pierde , que se los quieren quitar, que los comunistas y anarquistas van a arrasar con sus costumbres y creencias , con su religiosidad primitiva, a la que se aferran. Nunca han tenido la oportunidad de ver más allá.
Estando ahí, aprendí, en esos años de estudiante interesado, que USA es un país de grandes contrastes y contradicciones, falto de madurez, que tiene un culto especial por la violencia, de grandes hipocresías, que ha logrado grandes avances científicos y
tecnológicos y que sabe producir riqueza, pero no ha aprendido a distribuir. Por eso sus sistemas de salud dan grima, por eso las infraestructuras languidecen, por eso su educación pública es muy deficiente. Por eso a ese pueblo abigarrado, de descendientes de emigrantes y de esclavos, los llevan y los traen, los usan las grandes corporaciones industriales y financieras, que le han hecho creer que sus intereses mezquinos, son también los de ellos, los dichosos habitantes de “America”.
Todo esto ha empezado a derrumbarse, porque es una ficción.

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