CR-Quitirrisí. La mujer del indio. Leonel Rodríguez Soto

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Doña Carmen vivía en Quebrada Honda, Reserva Indígena de Quitirrisí, la parte más rural de la entonces Villa Colón, allí, en el bajo de una peña que por cinco grados de pendiente no era un barranco. Una tierra agreste, llena de bejuqueras, cedros, candelillos y culebras, tierras que deben ser labradas con cariño, abriéndole la piel con el amor de un hijo, de lo contrario, en vez de una cosecha se recoge un terraplén. Al fondo de este precipicio estaba acomodado aquel nido de amor…en media selva…la casita de Doña Carmen Castro y el Indio Teodoro Pérez. Pareja inconcebible en los años 20, ella, capitalina de Guadalupe, él, Indio de Quitirrisí. La casita, a la orilla de un bambú que apretujado se restregaba con el vaivén del viento y tocaba día y noche su música de orquesta de madera. Atrás de la casita discurría una quebrada cantarina cargada de olominas y escoltada por los matones de tule. El corredor de tierra apisonada y barrida, daba al frente de la peña, que se erguía como un camino al cielo. Adentro, la frescura del piso de tierra que inundaba la casa con un olor y frescura ancestrales, la cocina de leña quemando unos pocos troncos rajados de ratoncillo, lengua’e vaca, cedro o guachipelín, tan solo para mantener el calor del fogón de tierra con la llama viva, esperando el comal de hierro negro. La tabla del moledero amarilla y limpia, atisbando en víspera del almuerzo. En la noche, la más profunda intimidad, sin vecinos, con la serenata gratuita de la música de los bambúes que se restregaban amorosos…del viento despeinando el cañal, solo inquietados por la sombra del coyote acosando el gallinero y del tolomuco escurridizo buscando un festín de pollitos. A ese rincón arrinconado se habían ido a vivir, lejos del prejuicio. Tierra fértil para olvidar el hambre, agua cristalina para olvidar la sed, sol para endulzar las frutas y luna para endulzar las noches. Al final de la faena, con la yunta desenyugada, se sentaban en el corredor de tierra para ver el incendio de colores de los atardeceres de verano, los sorprendía la noche con su cascada de estrellas. Allí, en ese nido de paz, un minuto duraba una eternidad, el cielo y la tierra se besaban… y el viento se quedaba a pasar la noche.
La casa se llenó de niños, la tierra dio para todos. Cuando ocupaban ropa o medicinas, Doña Carmen amarraba de las patas un montón de gallinas y caminaba descalza hasta San José, allí las vendía y regresaba casi de noche, cargada de pantaloncitos y blusitas sin decirle a nadie como sentía los pies por aquella romería infernal de los caminos polvorientos y ardientes.
…Años después, cuando Dios se llevó al indio Teodoro, Doña Carmen se quedó en su casita de montaña, talvez a esperar por si algún día su indio volvía. Allí se fue arrugando mientras desgranaba recuerdos, sus hijos se hicieron grandes, se fueron buscando en otras tierras su propio rincón de amor. El nido se fue quedando vacío, sin el griterío de la prole, ya podía escuchar nuevamente la orquesta de madera del bambú, solo que ahora la escuchaba mezclada con la voz del indio. Se fue poniendo melancólica, una tarde de visita le pregunté: – Doña Carmen, después de tantas penurias, de ser desheredada porque su familia no quería su matrimonio…si el tiempo volviera atrás, ¿siempre se hubiera casado con Teodoro? …y con el mismo arrebato de juventud que la llevó a vivir a ese rincón, respondió: ¡Con ese condenado Indio me volviera a casar!
…Un día de tantos, cansada de esperar al Indio que no volvía, se fue a buscarlo al cielo…y dicen que en las noches, se escuchan mezcladas con la música de la orquesta de bambúes, las voces de Carmen y Teodoro…como riendo…como cantando…como haciéndose promesas de amor bajo la luna…

*Edgar Mora Guerrero

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