CR-ALAJUELA. La casa. Sergio Erick Ardón Ramírez

NO SE LOS PERDONO, lo que han hecho es un crimen.
Así me dijo una señora, en tono de reclamo, mientras hacíamos fila para ser atendidos en un banco de Alajuela.
El crimen que ella nos cobraba no era de sangre. Nunca hemos matado a nadie.
Es que días atrás, la casa de mis abuelos, construida en 1920 , había sido demolida.
Aquel reclamo sentido, por una mujer que yo no conocía, me daba por culpable del crimen. Si, porque yo sabía que habíamos cometido un crimen, que al acusarme ella tenía razón.
La escena del horrendo crimen estaba situada cien varas al sur del mercado municipal. Ahí, cuando en Alajuela la mayoría de las construcciones eran de adobe y madera, Cipriano Ardón mi abuelo paterno , había ordenado construir una casa , su casa. No cualquier casa, se trataba de la de un señor con medios, empresario, finquero y comerciante floreciente.
Asentarse en la sociedad de aquel remedo de ciudad, que realmente seguía siendo una aldea, amplia, con ínfulas de ciudad, pero en el fondo, por composición y por conducta de sus habitantes, una aldea- situada en el centro de uno de los países más pequeños y despoblados de lo que fue la América española- obligaba a destacarse, con una casa que hiciera la diferencia.
Era la forma retadora, del hijo de un emigrante, venido de Las Segovias del norte de Nicaragua, de decir: aquí estoy.
En esa casa esquinera, de amplios corredores de mosaicos con arabescos y altos techos de hierro galvanizado, de paredes de bahareque francés, de 4 varas de alto, de ventanas de colores, de mil puertas, de pisos y cielos de cristóbal y pochote, montada sobre pilotes de concreto y rieles de ferrocarril, es que vivían mis abuelos y mis padres, y es donde nacimos nosotros. Y es donde por diecisiete años, mi niñez y mi adolescencia, viví.
Como fuimos herederos de aquella emblemática casa, y los nietos y bisnietos de Cipriano, no supimos conservarla, es que la señora nos acusaba, con razón , lo repito y reconozco, de haber cometido un crimen. No me perdonaría si negara mi cuota de responsabilidad.
La reclamante me lo dijo abiertamente y a la cara, como debe ser.
Otros hacían su reclamo de manera menos directa, con comentarios sutiles, o entre cuchicheos. Y es que para muchos vecinos de Alajuela, la Casa de Don Cipriano, sin que nunca hubieran puesto un pie en ella, de alguna forma les pertenecía. Como los parques o las plazas. No éramos conscientes, lo aprendimos , entre comentarios y reclamos. De haberlo sabido seguramente que habríamos opuesto mayor resistencia a la decisión de demolerla.
Culpables entonces somos. No disminuye esa culpabilidad el que hayamos, salvado y aprovechado las partes.
En Siquiares donde hoy vivimos, las puertas todas, son las altas puertas de tableros, de dos hojas, de la casa de Cipriano, Las columnas de cristóbal de los corredores están a salvo adornando nuestra sala. Rodapiés y cornisas de cien años siguen teniendo
plena utilidad.
Todo esto para recordar aquella casa, donde disfrute de mi holgada niñez y mi despertar adolescente. De los chineos de mi abuela Adelina , de la mansedumbre de mi tía abuela Eligia, de las explosiones de la mal hablada, la siempre rebelde, mi otra tía abuela, Susana.
Porque hoy al desayuno , entre sorbo y sorbo de café, de ella hablamos. Y sentí la necesidad de reconocer el crimen, del que fui participe.

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