CR. Ahí estaba él. Héctor Solano-Chavarría

Era lunes y no sé porqué, tengo la impresión de que era junio o julio, 2017… no lo sé.
Era uno de esos lunes típicamente lunes. Tampoco andaba de buen humor. Estábamos en una habitación trabajando (realmente muy bien no sé qué hacíamos) Carlos Mario y creo que David, junto conmigo. También tenía uno de esos baches de gastritis de café y cigarros. Recién pasaba el medio día.
De repente entró ese mensaje. Era el gordo Raúl, quien mandó al wapp del equipo de trabajo como quien no quiere la cosa, un mensajito desde el restorán en que nos informaba que ahí estaba Él…

A partir de ese momento, lo que tengo realmente son como destellos. Flashazos.
Tampoco tengo registro alguno sobre cómo lo procesaron los otros dos compañeros. Para mí fue como entrar en una especie de trance. Una pulsión entre el montón de recuerdos y convicciones a cuyo significado había (bien o mal) llegado gracias a Él, y la presión o el estrés por bajar/correr lo suficientemente rápido a ese restaurante del tercer piso del Meliá, y que no estuviera más. Que ya se hubiese ido, perdiendo así la única oportunidad en vida para saludarlo y agradecerle de alguna manera por todas esas enseñanzas, que desde lo más profundo de mi adolescencia había marcado en mi persona.

Porque sí, fue tal vez en un exceso de modestia o una inseguridad (vaya ud. A saber), que Maradona alguna o muchas veces dijo que él no pretendía ser un ejemplo para nadie. Ahí, en ese punto, me parece que fracasó. Lo fue y con creces, al menos en cuanto a mí (que no soy nadie).

No tengo mucha idea sobre cuántos minutos transcurrieron entre que decidimos bajar a su encuentro, y ese trayecto. Pudieron haber sido 15 segundos o 3 horas, no importa. El punto es que ya estábamos ahí, a escasos tres metros, en una mesa que estaba colocada en diagonal a la suya. Iba acompañado por dos personas, una mujer y un hombre relativamente jóvenes. El restaurante estaba sorprendentemente vacío (algo normal en ese restaurante), de modo que solo ellos tres y, ahora, nosotros, nos encontrábamos en el lugar. Él estaba sentado de frente, no de espaldas, a nuestra mesa. Con la mirada fija en el Ávila. Hablaba terriblemente duro y casi no interactuaba con las dos personas que le acompañaban. Yo más bien me encontraba, a espaldas suyas. Tenían al menos dos botellas de vino vacías, y una a medio llenar, y recién comenzaba a despuntar un tibio sol en esa nubosa tarde de Caracas. También hacía mucho viento.

Yo estaba verdaderamente muy nervioso. Nunca había sentido toda esa emoción de cara a conocer a alguien (tampoco creo haber conocido como a muchas celebridades… una vez nada más saludé a Guillermo Dávila en un aeropuerto hacia Panamá, rumbo también a Venezuela. Pero esa es otra historia. Malísima, por cierto). Y la verdad tampoco creo que vaya a volver a experimentar una sensación similar a esa en mi vida. Como queriendo reunir valor, escribí a Lucía Rojas Albornoz para contarle lo que pasaba, y como pensé que no me iba a creer, opté por sacarme una selfie de modo que Él se viera atrás. La cuestión es que, tras unos minutos entre tomar la decisión, el nerviosismo y todo ese desastre que emocionalmente cruzaba por todo mi cuerpo, se escuchó una pelea. Volvimos a ver, y la mujer que le acompañaba, ya de pie, le pedía que subieran a la habitación. Que los esperaban a las 5… Y, el Diego, que ya se le notaban algunas de las copitas que llevaba encima, no estaba nada contento con esa disposición. El Diego balbuceaba… la mujer se fue muy enojada, mientras el camarero que les llevaba el vino (un negro alto, hermoso… excelente persona), y yo, nos observábamos atónitos frente a lo que pasaba. El Diego se quedó en la mesa.

Yo ya estaba de pie para entonces, ya que gracias al empuje del gordo Raúl, me armé de valor. Era el momento. Estaba a escasos metros de mi persona. Era gigante. Yo debía dar el paso. Respiré muy hondo, y solo le dije: -“pssst, maestro???” (siempre he pensado en porqué le dije “maestro”, fue lo que me salió del alma… no sé), y le hice un gesto como de foto, a lo que él, seguro consciente (o no) de cuán trascendentes iban a ser sus siguientes palabras para la vida de un mortal como yo, amagó del siguiente modo: -“… eeeeeeeeh, y vos quién te crees que soy yo?… eeeeeh… ¿¡GODZILA!?”. Un crack. Básicamente, me mató. Me dejó sin herramientas. K.O., gancho al hígado. Barrilete cósmico… no sé, defínanlo como quieran…

La pesadez de esos escasos 15 minutos que transcurrieron de que bajamos al restorán, y tomamos valor para saludar al Diego fueron la eternidad. Fueron la vida. Sinceramente, no registro el momento mismo de la foto. Tampoco recuerdo cómo me despedí de él, ¿¡a quién le importa eso!? Fue de una levedad tal ese momento, solo explicable en virtud del carrusel de emociones que había caracterizado el momento previo. Fue un orgasmo en el sentido no sexual de la palabra. Lo digo desde un punto si se quiere más experiencial. La foto misma y el rato posterior fue para mí algo así como un piloto automático. No recuerdo si terminé de comer, seguramente ni trabajé esa tarde, la gastritis había desaparecido, ya no era lunes… realmente no era ningún día: ¡HABÍA CONOCIDO AL DIEGO!

Recuerdo que a escasos minutos del incidente, Lizet Valdes me mandó un mensaje muy lindo que decía algo así como, “Felicidades Héctor, sé lo importante que es esto para ti”. Dio en el clavo. Los sentimientos en el nivel de lo que sea, no requieren necesariamente ser explicados. Existen y merecen ser más bien vivenciados, solamente…

Esa tarde, a las 5, ya en calma, prendí el tele a ver VTV (como siempre), y ahí estaba Él, acompañando al presidente en la reunión ordinaria de los lunes que sostenía con gobernadores, en Miraflores. Era tan grande, que estaba ahí sentado con tres botellas de vino adentro. Después, lo pude ver en la noche, otra vez en el restorán… de lejos, mejor vestido, en modo celebridad, rodeado de gente. No valía la pena… estuvo allí unos cuantos días, y de hecho lo vimos por televisión visitar unas Misiones vivienda, jugar un partido con ministros, en fin… esa dimensión pública del Diego harto conocida y ninguneada por algunes…

Pensé mucho escribir estas líneas desde el día en el que el Diego pasó a mejor vida. Pero no me salía. Hasta hoy. Pero lo hago también, como un modesto homenaje de mi parte al heroico pueblo venezolano, en este 6D de elecciones y recuperación de espacios políticos… la esperanza nunca muere, la pelota no se mancha…

Comentarios

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s