CR. Carta abierta a los ríos de mi patria. Mario León

Hermanos queridos:

Debo confesar que no conozco a todos ustedes, pero si a muchos en particular los del Valle Intermontano. Ríos, quebradas, arroyos, yurros los cuales han estado presente a lo largo de mi vida. Ríos con nombres curiosos de animales, plantas, lugares y otras toponimias relacionadas con los sitios por donde fluyen.

Dioses de nuestra tierra cuyas novias las náyades custodian los manantiales y nacientes, plenos de vida y de misterios.

Dioses cuyos susurros alguna vez protegieron nuestros sueños o los momentos de reposo durante las siestas en sus riberas.

Padres de olominas, de monstruosos lagartos, de peces prehistóricos, de tortugas y camino de los reptiles.

Nos ofrecen sus aguas de vida para calmar nuestra sed y riegan los campos llevando su aliento para todas las criaturas de nuestra fauna y flora.

Nos dan su fuerza para producir energía, y sus cuencas y cauces nos sirven para transportarnos, y llevan el limo abonando las tierras fértil a lo largo de su curso.

Ríos poderosos cuyas riadas nos producen un sacro temor.

Como en un romanzo me consumo en los recuerdos.

En mi niñez, atrapaba con un colador olominas multicolores y las llevaba en tarros hasta la casa donde adornaban peceras improvisadas con frascos de vidrio. Durante las noches escuchaba el canto amoroso de los sapos.

En los ríos de San José la gente pescaba barbudos con canastos y los freían.
En el Torres y el María Aguilar habían pozas donde la gente se refrescaba los fines de semana, y el Tiribi ofrecía sus arenas y piedras que eran extraídas a fuerza de palas y en carretas de bueyes para ser vendidas como materiales de construcción.

Hoy están amenazados por la codicia, la avaricia y angurrencia de unos y por la desidia y el desinterés de muchos.

Pese a ser dioses no son inmortales, y la muerte ronda al Tempisque, el rio Lagarto, entre otros, como el Terraba cuyo cauce está nutrido por la mayoría de los ríos de lo que hoy se llama la Gran Área Metropolitana y que arrastran las inmundicias de la ciudad.

Su suerte me duele profundamente, y sólo puedo decirles que muchos como yo están dispuestos a luchar por su vida.

Los amo y envío un abrazo fraternal a todos.

Mario León Vasconia. S.F.
3.12¡2020

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