CR. ¿Por qué los ticos decimos “trolear” cuando caminamos?

Muy pasada la segunda mitad del siglo XIX, la ciudad de San José se iluminaba con faroles de canfín, colocados en postes de madera, cada 50 metros.

En el año 1882, el gobierno le concede el derecho de desarrollar la luz eléctrica en el país, al emprendedor costarricense Manuel Víctor Dengo, a quien la Universidad de Santo Tomás le había otorgado –unos años antes–, el primer título de ingeniero mecánico en Costa Rica. Se asocia con el guatemalteco Luis Batres y fundan la Compañía Eléctrica de Costa Rica.

Firmaron un contrato con la Municipalidad de San José, en la que colocarían 25 lámparas eléctricas, distribuidas en el centro y alrededores de la ciudad capital, en aquel entonces una pequeña aldea, rodeada de cafetales, en donde aún no existía el Teatro Nacional, el Liceo de Costa Rica ni el Colegio Superior de Señoritas; el Edificio Metálico era algo impensable en las mentes de los ticos de aquellas épocas. Las calles y avenidas principales estaban empedradas, el resto eran de tierra, las edificaciones eran de adobe, techadas con teja de barro y los edificios más altos, no pasaban de tres pisos.

En ese pueblito llamado San José, a las 6 de la tarde del 9 de agosto de 1884, el Presidente Próspero Fernández, salió al balcón del Palacio Presidencial y una multitud, no solo de San José, sino también de gente que vino de Cartago, Alajuela y Heredia, se aglutinaron en las calles para ver, por primera vez, ese milagroso invento que era capaz de encender las lámparas sin necesidad de canfín.

Unos minutos después de la 6 de la tarde, las 25 bombillas encendieron simultánea y repentinamente, ante el asombro, la incredulidad y el temor de los ahí presentes. Tremendo susto se llevaron los ticos de aquel entonces que, después de estar a oscuras los primeros minutos, de un pronto a otro ven todo iluminado como si fuera de día.

Pues ese 9 de agosto, una pueblerina San José, capital de un pequeño país llamado Costa Rica, se convertía en una de las primeras ciudades en contar con alumbrado público eléctrico.

Quince años más tarde, el 9 de abril de 1899 y gracias a la energía eléctrica, empezó a funcionar por primera vez, el tranvía.

Tenía una ruta inicial que iba de La Sabana hasta la estación del Atlántico, pasando por el Paseo Colón y la Avenida Rogelio Fernández Güell (avenida central). Posteriormente se abrieron ramales que iban a San Pedro del Mojón (San Pedro de Montes de Oca), Guadalupe, Pavas y la estación del Pacífico.

Valga mencionar que la villa de San Pedro del Mojón, se llamaba así porque había un mojón que marcaba el límite entre la villa de San Pedro y la villa de San José. El 2 de agosto de 1915, el gobierno de Alfredo González Flores, crea el cantón de Montes de Oca, en honor a Faustino Montes de Oca, honorable ciudadano que se preocupó y realizó esfuerzos por el progreso de esta comunidad y a la villa de San Pedro la nombra su cabecera.

El tranvía llegó a ser el principal medio de transporte público en la capital, tenía capacidad para 26 personas sentadas y con los que viajaban de pie, llegaba a transportar hasta 60 pasajeros; las carretas de bueyes y los elegantes coches tirados por finos caballos, tenían que dar paso al moderno transporte.

Los tranvías tenían –a cada extremo del techo– una pértiga con una rueda metálica de roles en la punta, a la que se le llamaba trole. El trole tenía que hacer contacto con el cable de la electricidad que iba sobre el tranvía y esto era lo que lo hacía caminar.

Cuando el tranvía tenía que viajar en sentido contrario al que traía, el operario cambiaba los troles: bajaba el que estaba haciendo contacto con el cable, lo amarraba y subía el otro para que hiciera contacto y así pusiera en marcha el tranvía. A esto es lo que se llamaba “trolear”, “volar trole”, “ir al trole” “cambiar el trole” y “caminar al trole”; o sea, que el trole era lo que hacía caminar el tranvía.

A los niños ya grandecitos, entre unos 10 y 12 años, si le ayudaban al operario a trolear, les daban el pasaje de gratis, que en esa época costaba entre cinco y veinte céntimos, dependiendo de la distancia.

Los roles que estaban en el extremo del trole, tenían en su interior unos balines, que recordaban los dedos de los pies, por eso la costumbre de llamar también “troles” a los dedos de los pies.

Si a algún parroquiano lo dejaba el tranvía o no tenía el diez para pagar el pasaje, se le decía que tenía que “trolear”, “caminar al trole” o “irse al trole”, como un símil de que tendría que conectarse a la electricidad si quería llegar a su destino, algo así como lo que llamamos hoy en día “ponerse las pilas”.

Y desde entonces es que existe la costumbre, entre los ticos, de decir “trolear” cuando tenemos que caminar o andar a pie.


*Tomado de la pagina Costarriqueñismo

*Chepe Chiva

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