CR-HEREDIA-SAN ISIDRO. La licencia. Claudio Enrique Monge Pereira

LA LICENCIA

Llevaba tres años conduciendo sin licencia. Postergaba la solicitud para realizar la prueba de manejo, y aunque había aprobado con un cien el curso teórico, no tenía vehículo propio para someterme a la criticada por muchos tortura ejercida por algunos evaluadores. Al fin y al cabo el poder es el poder, y si este se le da a cualquier papanatas pues se multiplica. Y como suele suceder, cuando se le confiere a un mediocre aunque sólo sea un miligramo de esa metanfetamina burocrática, llega a creer que tiene una tonelada de autoridad.

Aprendí a manejar por una situación muy incómoda para mí. Tenía si acaso unos seis meses de trabajar en la UCR y una mañana me llama la Jefe y me consulta si tengo la amabilidad para llevarle unos documentos al Ministerio de Educación. Casi le hago el saludo militar aceptando su pedido, máxime que apenas iniciaba mis eternos diez añitos como Profesor Interino. Hasta recordé a mi tan querido e idolatrado Cantinflas con aquello de: “¡A sus órdenes Jeeefee!” Me da un sobre pesadito con membrete institucional y extendiendo la mano me traspasa un llavero, diciendo: “ Está en el parqueo, es un Corolla rojo…es nuevo!” La fuerza del pirucho y el Señor me acompañen. Me dio pena decirle que no sabía manejar, pero la adrenalina del momento, que en tantos casos nos hace a los humanos cometer estupideces y sacarle el capote a la situación y avanzar, no me permitió negarme.

Agarré las llaves y lo primero es lo primero. Arranque el motor y llegué en primera desde la UCR hasta Los Yoses. Ahí lo pasé a segunda y así llegué hasta el MEP. Gracias a Dios en aquellos prehistóricos tiempos no había prohibiciones para dejar los carros en las calles. Realicé la gestión. Me firmaron el recibido y cuando arribé a la U de regreso, me sentía como Airton Sena; qué de Dios goce y que ojalá esté entrenando Ángeles para que lleguen más rápido a socorrernos en caso urgente. Entregué las llaves y el recibo… y tus tus como si nada para la Oficina.

A los tres años de eso me pescó un Tráfico y para mi suerte era Rafita, nuestro amigo del Viejo Barrio: “Se la perdono porque sos el hijo de Doña Dora…y vaya haga esa prueba, máxime si ya tiene el teórico aprobado.” Se lo agradecí y al día siguiente lo primero que hice fue sacar la cita.

Llegado el día voy al MOPT en Plaza G. Víquez y sale un tipo con cara de sangre azul y da la orden de salir, piropeando antes mi carro, comprado nuevo hacia muy poco. “¡Esto sí que es carro, caballero…”, dijo. Me hizo subir y frenar en la mitad de dos cuestas, la del Barrio México y la de San Cayetano. No me decía nada pero quedó picado. Ordena ahí mismo que me dirija hacia Aserrí, y el hombre con gafas oscuras al estilo Guardaespaldas y su codo sobre la puerta, ventana abierta. Me pregunta cuánto costó el “carrito” y le digo que así de paquete en la TOYOTA, noventa mil colones en tres pagos con todo y traspaso. Seguíamos subiendo y al llegar al Parque de Aserrí me ordena que continúe. Una media hora después llegamos a un caserío desconocido para mí y ordena que me detenga y lo espere.

El hombre se baja y sube hacia una casa que estaba en un alto y entra familiarizado con el ambiente. Pasa media hora y no sale. Yo estaba tranquilo y deporsí el paisaje era imponente desde aquella loma donde el Duende de Jericó perdió los escarpines. Al completar una hora se me sube el Pereira y encendiendo el motor me fui y lo dejé botado sepan los Santos con quién en aquella casa.

Llegué de regreso al MOPT, Oficina de Licencias y denuncio al cara de tuco que me hizo llevarlo a pasear; quizás a almorzar a la casa o donde su querida. Hablé con el Jefe y su respuesta fue: “Ese cabrón tiene esa maña. Si usted fue hasta donde el vive y regresó Usted maneja bien!” Me tomaron la fotografía y muy rápido salí con mi primera licencia. La persona que atendió mi reclamo y que se supone era el mandamás ahí, nunca ni me insinuó siquiera que al vividor lo sancionarían. Me dije: Seguro se turnan para aprovecharse y tener taxi gratis.

Ya pasaron más de cuarenta años de este capitulito de mi vida choferil, y ayer que salí a dar una vuelta en mi BÚFALO, el mismo que también estrenó aquel choyado, me reía solito pensando en qué jeta pondría cuando él salió y no me vio. Abrí las ventanas para botar el moho de ya casi un año encerrado, y satisfecho regresé a casa.

ClaMo

(Mi “ BÚFALO”, ya tiene 42 años y está como nuevo!)

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