CR-ESCAZÚ. La ansiedad me mató. Rodrigo Montoya Alvarado

roma18/3/019

El autobús era nuestro cotidiano encuentro, rogaba que nadie se sentara a ocupar el espacio destinado para ella; miles de tretas se me ocurrían para guardar el lugar. Cuando aparecía, el mundo era diferente; el viento más fresco, la mañana más bella.
Cuando nos despedíamos, la tristeza envolvía mis dieciocho años y continuaba deseando volver a encontrarla al día siguiente.
Una mañana no llegó; pasé todo el día apesadumbrado, pensando que algo podía haberle sucedido. El viernes después de dos días sin aparecer llegó y se sentó en el lugar que le tenía reservado.
La noté más pálida que de costumbre, una gripe la había postrado dos días. Ni el mejor doctor del mundo tenía las recetas y medicamentos que le ofrecí, pero ella solo aceptó que el sábado me presentara en su casa con algunas hierbas que le receté.
Antes de despedirnos me pidió que llegara mañana sábado como a las siete de la noche.
Cerca de las seis de la tarde realicé la primera llamada sin respuesta, el manto negro de la noche comenzaba a cobijar el día. ¡No sé qué hora era, la verdad! Cierto es que la ansiedad me envolvía.
Con la boca reseca volví a llamar. Por fin atendió:
-Venga -me dijo, le dejo el portón abierto y la puerta sin llave, nada más empuja. Con el alma en un hilo salí corriendo a mi encuentro con Ella; con la bolsita de hierbas para los remedios en la mano.
Aunque nunca había estado en su casa sabía dónde vivía; eran unas casitas gemelas, relativamente cerca. La diferencia era de dos kilómetros, los cuales recorrí en una carrera en la que el corazón, que iba delante, llegó cansado antes de que yo cruzara el portón.
Empujé la puerta como me había dicho ella; entré, un silencio absoluto, la oscuridad me aplastaba, miré para todos lados. Me imaginé una sala pequeña, supuse que no había nadie y esperé, no sé cuánto, que ella apareciera. Se me hizo una eternidad; al irme habituando reparé en unos cuadros, creo bastante viejos, colgando en la pared.
El corazón poco a poco se fue acomodando, saqué un peinito que acostumbro andar conmigo, me peiné. Repasé, todo estaba como lo habíamos acordado: el portón apenas cerrado, la puerta solo de empujar.
-¡Le dejo la puerta abierta! Esa frase martillaba mis sienes.
El silencio total, la oscuridad absoluta, por decir algo; empecé a sentir el desasosiego de cuando experimentamos esa sensación de ansiedad, de temor.
Pensé en volver a llamar; en el intento el teléfono celular se me escapó de las manos y al tratar de agarrarlo lo lancé más lejos; ante esta situación me levanté, me enredé en una silla y caí de bruces dándome un golpazo contra la pared que hizo estremecer toda la casa y especialmente la salita donde me encontraba. En ese momento oí pasos y una puerta que se abrió de un sólo golpe.
Cuando desperté estaba esposado, con un ojo bastante adolorido y en calzoncillos. Inmediatamente después de que me percato que estoy esposado un policía me dice:
-Está detenido.
-¿Qué pasa? –le pregunté.
-Está detenido por intento de robo –contestó el policía.
Sencillamente me había equivocado de casa.

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