COLOMBIA. San Andrés, isla arrasada. Sergio Erick Ardón Ramírez

HUBO UNA ÉPOCA EN QUE IR A SAN ANDRÉS ERA COSA OBLIGADA.

Las excursiones eran cosa de todos los días. Ya fuera en LACSA o en SAM los costarricenses viajábamos a la isla colombiana .
Visitar esta isla caribeña y pasar ahí unos días resultaba más barato que ir a Guanacaste o a Limón de playa.
Nos dejamos llevar por la corriente, y como había poco, dispusimos hacer reservaciones en un hotel que fuera bueno, bonito y barato.
Ya en el taxi , al darle el nombre del hotel al amable chofer, comenzamos a dudar de la escogencia.
El hotel Dorado resultaba poco conocido.
Pero la oferta era muy atractiva. 25 dólares la habitación doble con desayuno incluido, y además tenía piscina propia. Creí haber conseguido una ganga.
Lo que sucedió después explicaba los porqués. Las habitaciones tenían mucha luz , es verdad, ya que las ventanas daban a la calle y no tenían cortinas. Los colchones eran de paja, el chorrito de agua que salía de la ducha mojaba poco. El desayuno incluido, consistía en un bollo de pan tieso y una taza de mal café. No era fácil conciliar el sueño , puesto que el abanico no funcionaba y en San Andrés hace calor.
La piscina , que había sido uno de los argumentos para vencer las reticencias de Xinia, que tenía más experiencia que yo en cosa de hoteles, estaba ahí, bastante amplia, pero vacía. Bueno, vacía no estaba habría unos veinte centímetros de algo que era una mezcla de musgos y nata y de cuanta cosa sea imaginable, con un poquito de agua, en todo caso un buen habitat para una inmensa familia de ranas verduzcas que en las noche no paraban de croar.
Como la reservación de las dos habitaciones se había pagado por internet, no era posible dar marcha atrás.
En una estaba Camilo con su familia, en la otra nosotros, en compañía de las cucarachas más grandes que yo hubiera conocido.
Estas condiciones tan lamentables de hospedaje tenían su lado positivo. Nos obligaban a pasar el día en la playa y recorriendo la isla.
Aguas cristalinas, ideales para el buceo, arenas blancas, restaurantitos de comida que si se dejaba comer. Motocicletas a muy bajo costo para darle las vueltas que se quisiera a la isla que es chiquita. Artesanías locales y cueros de Colombia, para comprar a precios que había que pelear.
Aunque el hotel Dorado no puede recomendarse, visitar San Andrés si valió la pena.
Si recibí la advertencia que de mis escogencias de hospedaje nunca más.
Volvimos tostados de tanto sol y lo del hotel lo tomamos como cosa de chiste.
Todo esto se me ha ocurrido contarlo ahora que supe, no sin dolor, que la isla fue arrasada por el huracán Iota. Se dice que más del 90% de la infraestructura se perdió, y que no hay casa que haya quedado en pie.
La gente de la isla es especialmente amable, como pueden ser los colombianos caribeños, y da mucho pesar que la estén pasando tan mal.
Se puede agregar para los que no lo saben, que tanto San Andrés como Providencia , que es otra islita cercana, pasaron a manos de Colombia en los primeros años del siglo XX, como parte del pago que USA hizo a ese país para resarcir la perdida de Panamá, donde había dispuesto construir su canal.
Que las islas fueran hasta entonces de Nicaragua, no importó.

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