CR. Mis zapatos “Bilsa”. Rodrigo Montoya Alvarado

roma30/6/020

Salí a tomar el autobús que me dejaría en la Coca Cola, de ahí correr al tramo en el Mercado Central que tenía Don Ceferino Artavia. Era un tramo de abarrotes; abría desde las 7am y hasta las 5pm aquello era un trajín constante.
Con el primer pago me compré dos pares de zapatos Bilsa con suela de llanta (caucho).
Terminadas las labores diarias recogí mis cuadernos, mi primer libro de contabilidad y todo el entusiasmo. ¡Mi primer día de clases!
Dando tiempo, me dirigí cerca del Parque Morazán hacia la Escuela Boston, lugar donde comenzaría mis estudios de contabilidad, no sin antes pasar a comer unas deliciosas empanadas que vendían en un puesto ubicado frente al Hotel Presidente. Saciado el apetito y descansado el cuerpo, me fui a la escuela.
Desde el principio noté que ningún compañero ni compañera se sentaba cerca. Aducía esta conducta a que eran personas mayores muy bien vestidas: ni se diga de las compañeras; mujeres muy lindas. Todavía hoy las recuerdo con mucha nostalgia, tenían buenos trabajos y no les interesaba relacionarse conmigo.
Esta situación se mantuvo durante todo el año de estudio.
El profesor, un hombre muy serio y bonachón, una semana antes de terminar el curso propuso que nos hiciéramos un regalo; más o menos parecido a lo que hoy se conoce como el amigo invisible.
Se hicieron los papelitos. La compañera más linda del grupo los echó en su bolso color café. Era un bolso enorme en el que mi imaginación de muchacho de dieciséis años se perdía; lo sacudió, pidió que cada uno sacara un papelito donde, por supuesto, estaría escrito el nombre del compañero al que le tocaría dar el regalo.
Yo soñaba con leer el nombre de Ligia, así se llamaba la compañera, pero no fue así, cuando leí el nombre “Leonel” ¡me tocó el profesor!
El intercambio estaba señalado para el fin de semana en la fiesta de graduación. Yo compré un perfume que me aconsejó Don Ceferino. En honor a la verdad, él mismo lo compró.
El día de la fiesta llegué bien prendido, estrenando camisa y pantalón, con los mismos zapatos Bilsa. Cuando entré ya había comenzado la fiesta y estaban todos con sus parejas.
Sin imaginarlo, yo iniciaba el intercambio, pues le regalaba al profesor, aconsejado por un compañero de apellido Herrera me levanté y le entregué el regalo a Don Leonel, así se fue desarrollando el intercambio, cada quien con su respectivo presente.
Faltaba yo de regalo, se levantó Ligia, tomó el último que solito quedaba en la mesa, se me acercó, me dio un beso en la mejilla y muy amable me dijo:
-Usted se lo ha ganado.
Mi corazón saltaba como una liebre, el cerebro no le obedecía.
Al regresar a mi casa abrí la bolsa había, había un par de zapatos de cuero de la zapatería Valverde, además de unas medias de seda. ¡Nunca volví a saber de los zapatos Bilsa!

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