CR-CUBA-LA HABANA. La nunca olvidada. Sergio Erick Ardón Ramírez

Con La Habana tengo una deuda eterna, puesto que fue ahí donde descubrí que yo era latinoamericano.
1955 está lejos ya.
Fela me dijo: “Oye, tu pareces cubano pero hablas con un acento raro”. Al buscar explicar a la graciosa cubana de dónde era, “que de Costa Rica, que de Alajuela”, ella sonrió y me aclaró las cosas: “tu eres latinoamericano, como nosotros”.
Así caí en la cuenta, de que había algo más que una patria chica, a la que atenerse, que éramos hijos de una patria más grande, la que poco después, conociendo a José Martí , con él aprendí a llamar: la América Nuestra.
Por esa relación afectiva, amorosa, con La Habana, acentuada después con otras afinidades, es que hace justamente un año, no quise perderme las celebraciones de los 500 años de su fundación. San Cristóbal de La Habana fue el nombre que le pusieron a aquel puerto servido por una bahía protegida, de aguas mansas y profundas, por las que durante casi cuatro siglos desfilarían, como parada necesaria, los galeones, venidos de todos los puertos del Caribe y de México, que cargados de oro y de plata, cruzarían el Atlántico para dar sustento al imperio español. Puerto tambien de acogida para los andaluces, extremeños, castellanos y murcianos, que vendrían a colonizar las tierras conquistadas a espada, arcabuz y cruz.
Con Carlos Enrique, mi sobrino, en la calle Ahumada, entre Compostela y Aguacate, con casa de familia acogedora como base, frente al viejo y restaurado Convento de Belén, en la profundidad de La Habana Vieja, pasamos los quince días que habíamos dispuesto.
Recorrimos a pie o en “almendrón” la ciudad de arriba a abajo, participamos en todas las actividades posibles a las que tuvimos acceso.
Había múltiples festejos, 500 años de edad, incluso para una ciudad no son cualquier cosa. Y si esta ciudad está habitada por cubanos, hospitalarios , francos, sinceros, llevando con estoicismo sus limitaciones materiales, con la dignidad debida, más que mejor.
Hoy justamente se cumple un año.
Ya La Habana entró en su sexto siglo de existencia, se ha abierto el aeropuerto cerrado desde abril por la pandemia, ya vencida, ya los turistas recorren de nuevo sus calles, el ajetreo me dicen que vuelve a coger la intensidad perdida.
Hay la esperanza que las tropelías de Trump queden atrás, y se permita a los del otro lado del estrecho de La Florida, disfrutar de un mojito frente al malecón.
Fela, la habanera, me alumbró, la Revolución me confirmó, tengo una deuda de gratitud con la ciudad, a la que solo después de
Alajuela, quiero con devoción.

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