CR. Edgar, mi hermano mayor. David Díaz-Arias

Ayer perdí a mi hermano mayor: Edgar. Estaba ya muy malito de una dolencia que se había extendido por dos años, pero que se agudizó en los últimos dos meses. Se nos fue físicamente y muy joven y nos dejó un gran dolor.

De él aprendí el gusto por Serrat, por Piero, por Elvis Presley, por Les Luthiers; de él el amor a la poesía, a escribir poemas de amor en el colegio; de él aprendí el gusto por la novela latinoamericana, por los cuentos; él me enseñó la solidaridad con todos los seres humanos en vulnerabilidad, la veneración del Che Guevara y la devoción a mi abuela Rosalina.

Me enseñó el camino a la escuela el primer día de clases; cuando regresé él estaba en el patio de la casa, partiendo leña y me pidió el nombre de mi maestra porque le había gustado. Cuando hablaba siempre cantaba. Y amante de lo dramático, siempre se apoderó de las escenas de las fiestas familiares para declamar, cantar o hacer representaciones.

La enfermedad le quiso robar la alegría, pero él no lo permitió. Le quiso robar la esperanza, pero él no la dejó. Le quiso robar la fe, pero él la renovó.

Se fue mi hermano, pero no se fue. Late en nuestros corazones. Le sobreviven sus dos hijos que son su viva imagen. Y se queda conmigo en todo lo que me enseñó.

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