CR. Una paradoja de implicaciones negativas. Juan Félix Castro Soto

El proyecto de ley sobre pesca de arrastre es nocivo, y eso es algo que se advierte desde el sentido común. Toda discusión sobre su viabilidad no son más que intentos de normalización del desastre ecológico. No es la posible ejecución de la ley, o de algunos eventuales condicionamientos, que puedan surgir como ocurrencias para paliar el desastre lo que amerita análisis. No caigamos en esa distracción espuria.

Detrás de este proyecto el neoliberalismo oculta la paradoja que lo hizo posible: la sobre-explotación de los recursos debe impulsarse visibilizando prácticas de conservación. En torno a esta paradoja se articulan y promueven las políticas más letales de daño ambiental.

Siendo que la paradoja ya plantea un callejón sin salida, lo que sigue luego es la toma de decisiones, cuyas posibilidades de acción solo admiten medidas paliativas, en el mejor de los casos. De modo, que en relación con el proyecto mencionado si Carlos Alvarado recurre al veto, solamente acaba con una amenaza temporal y concreta, no por eso menos loable, no en perspectiva de solución, ni de supresión de la amenaza, sino porque da margen de tiempo para actuar. Es decir, eso no anula la paradoja.

Por otra parte, si nuestro presidente no aplica su derecho a veto, para el ambiente la consecuencia es inmediata en ese aspecto, y se suma a otras que cada día intensifican el desastre. Acá lo más relevante de señalar es que, en ambos casos, sea que se gestione por el veto o no, la decisión se proyecta sobre la ganancia política que puede obtener Carlos Alvarado, en términos de credibilidad hacia su mandato, o de conseguir la complacencia de algunos sectores ahora resentidos. En última instancia, la decisión por la que opte no comprende el bienestar de la biodiversidad.

Y es que esta afirmación se sustenta, justamente, en la existencia de la paradoja descrita. Para el ordenamiento neoliberal la Naturaleza es una fuente de riqueza económica de la cual hay que servirse. La supuesta racionalización de los recursos, desde el orden neoliberal, rebota frente a la premura del “desarrollo”. Es permisible cualquier forma de devastación si contribuye a agilizar el “desarrollo”. Porque se cree que el “desarrollo” puede prevenir la devastación. Eso mantiene con vida la paradoja: es posible el deterioro si incluye prácticas de conservación.

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