CR. Humberto Berti, en su nemoria. Oscar Madrigal

“Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura porque esa ya no siente, pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo, ni mayor pesadumbre que la vida consciente.

Ser y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido y un futuro terror… Y el espanto seguro de estar mañana muerto, y sufrir por la vida y por la sombra y por lo que no conocemos y apenas sospechamos, y la carne que tienta con sus frescos racimos, y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos, ¡y no saber adónde vamos, ni de dónde venimos!…”

Esta bellísima poesía de uno de los más grandes poetas de todos los tiempos, Rubén Darío, era la preferida de Humberto Berti, la que recitaba de memoria en nuestras noches de bohemia. Antier murió de COVID.

Humberto Berti fue parte de mi familia. Cuando quiese darle la noticia a mis hijas, las pregunté si se recordaban de Berti. El mago, me contestaron, porque cuando eran apenas una niñitas, Humberto las divertía haciéndoles trucos desapareciendo una moneda.

Desde los tiempos de la JVC trabajamos juntos. El partió al exterior a preparse militarmente. Luego formó parte de la Comisión Nacional de Organización junto con Raúl López, Jorge Corrales y yo.

En Villa Nelly participó en las huelgas bananeras y colaborando con las tareas revolucionarias del FSLN.

Partió con la Brigada Calufa a luchar contra el régimen de Somoza. En la foto que acompaña esta nota, aparece Berti cuando ingresaba triunfalmente en Managua.
Ahora nos toca despedirlo a la distancia.

Su vida fue atormentada por una sociedad que nunca ha sabido comprender a personas extraordinarias. Para los que estuvimos con él en muchos trances de la vida, su memoria perdurará.

Su canción preferida, “Vagabundear” de Serrat, quizás sea reflejo de él y de nuestra esperanza:

“Harto ya de estar harto, ya me cansé de preguntarle al mundo por qué y por qué. La Rosa de los Vientos me ha de ayudar y desde ahora vais a verme vagabundear, entre el cielo y el mar. Vagabundear. Como un cometa de caña y de papel, me iré tras una nube, pa’ serle fiel a los montes, los ríos, el sol y el mar. A ellos que me enseñaron el verbo amar. Soy palomo torcaz, dejadme en paz. No me siento extranjero en ningún lugar, donde haya lumbre y vino tengo mi hogar.
Y para no olvidarme de lo que fui mi patria y mi guitarra las llevo en mí, Una es fuerte y es fiel, la otra un papel. No llores porque no me voy a quedar, me diste todo lo que tú sabes dar. La sombra que en la tarde da una pared y el vino que me ayuda a olvidar mi sed. Que más puede ofrecer una mujer…
Es hermoso partir sin decir adiós, serena la mirada, firme la voz. Si de veras me buscas, me encontrarás, es muy largo el camino para mirar atrás.
Qué más da, qué más da, aquí o allá…”

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