CR. La angustia y la avalancha. Juan Félix Castro Soto

Después de la lucha contra ALCOA allá en la década de los 70s, en nuestro país los movimientos sociales y huelgas, casi exclusivamente se llevaron a cabo al calor de necesidades puntuales como la reivindicación de derechos o por exigencias de mejores condiciones laborales. Se trataba de movilizaciones impulsadas por sectores y gremios cuyo objetivo servía exclusivamente a la defensa o reivindicación del gremio o el sector afectado por alguna política gubernamental. Es decir, no aglutinaba a la ciudadanía como tal.

La primera movilización masiva, que desde mí punto de vista, la cual integraba a varios sectores y gremios, y vislumbraba un atisbo de deterioro de la institucionalidad, fue la llamada “huelga de maestros” en el 95. La misma fue reprimida con violencia física hacia los/as manifestantes, pero también con violencia psicológica, mediante la culpabilizacion que se difundía a través de la propaganda. Hasta que el gobierno impuso su decisión.

Cinco años más tarde vendría “la lucha contra el combo”, valga decir, la expresión más auténtica de un pueblo luchando con toda claridad política y un objetivo compartido: la defensa del ICE. Una institución que representaba el abrigo y el regazo de la madre patria. Está vez, al menos el proyecto de ley aprobado en la Asamblea Legislativa, que comprometía a dicha institución fue desestimado.

La ciudadanía se había enriquecido en conciencia y claridad política. Con esa fuerza se logró articular la movilización más grande y mejor organizada en “La lucha contra el TLC”. El esfuerzo fue tan desgastante como comprometido y sublime. Sin embargo, la derrota fue igualmente devastadora. Luego hubo algunos amagos de reivindicaciones con tinte integrador, como las revueltas contra rtv. No, obstante, la resignación y la impotencia ya habían comenzado a suprimir la voluntad de colectividad y de lucha. El olvido y la negación usurpaban subjetividades. Y así, hasta la negación del pasado y la omisión del futuro.

El orden económico neoliberal se encargó del resto. Sin pasado y sin futuro, el mercado y su forma ineludible de seducir lo absorbió todo. Galopando con el estandarte de la parca asesinó la memoria. Porque recurrir a la memoria sería someterse al dolor lapidario de la impotencia.

Entre tanto, la corrupción, la negligencia, la mediocridad y los fanatismos bailaron con lujuria y desenfreno en los pulcros corredores de la patria. De modo, que el paquete fiscal, las medidas de prevención frente al covid y las negociaciones con el FMI precipitaron la rabia y el descargo de la angustia tantas veces reprimida. Está vez, en el horizonte del país las nubes de humo del incendio desatado no deja ver el desenlace.

Pero nadie puede reclamar violencia, cuando esta desciende desde las élites privilegiadas hasta las masas empobrecidas. A todos/as nos revuelca esta avalancha.

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