CR-ALAJUELA. Recuerdos ingratos. Sergio Erick Ardón Ramírez

La Plaza donde se levanta la estatua del héroe nacional Juan Santamaría, -que debería ampliarse y convertirse en Plaza de la Patria- ese es mi sueño- no siempre fue así como la vemos hoy.
Antes fue un parque lleno de árboles de Ilan Ilan- una especie exótica originaria de La India- y estaba bordeado por un muro de cemento.
Muro que alcanzaba una altura respetable, digamos que dos metros en su parte más alta. Ya que la altura se acomodaba a las inclinaciones de las aceras, siendo el parque, en si, plano en su interior.
El muro tenía su grosor, unos cuarenta centímetros, lo que permitía que se pudiera caminar sobre el. Le llamábamos, el pretil.
Pues caminar, e incluso correr sobre el pretil, era lo que hacíamos los chiquillos más traviesos.
Una tarde , cuando tendría yo unos siete años, a mi primo Fernando (Pollo Macho) que es un poco mayor, se le ocurrió invitarme a jugar a los aviones. Entonces corríamos encima del muro con los brazos abiertos semejando alas, cual si fuéramos aviones.
“Cuidado se van a caer”, nos alertó Carmencilla Ledezma, que nos acompañaba.
Dicho y hecho. En mi afán por evitar que mi primo me alcanzara, volví a ver hacía atrás y perdí pie. La altura sería de un metro setenta y cinco, y me fui a estrellar contra las lozas de piedra labrada de la acera, con las manos por delante para proteger la cabeza.
El brazo izquierdo a la altura de la muñeca hizo “crack” y me vi en el suelo pegando alaridos, con los huesos quebrados expuestos..
La gente vino en mi auxilio, entre mis llantos y los gritos de Carmencilla.
Pasaba de casualidad Luis Vázquez, trabajador insigne del Cine Milán de mi familia. Dejó la bicicleta en que iba a cargo de alguien, me alzó en sus brazos y corrió a la casa, distante apenas cien varas del parque.
La puerta estaba abierta, cosa rara, ya que mi abuela no era de muchas confianzas. Ahí en su casa señorial, mandada a construir por mi abuelo treinta años atrás, vivíamos arrimados.
La distancia entre la puerta de la calle y el baño, recorriendo el largo zaguán, la hizo Luis en tres zancadas, acompañado ya por mi mama alertada por la gritería.
Pero el baño donde me lavarían la sangre de la quebradura estaba ocupado. ” Salí Carlos Luis, que se quebró tu hijo”.
Papá acostumbraba bañarse en las tardes al volver del trabajo.
Con cara de alarma salió, vistiendo solo calzoncillos, con su pecho peludo al viento y con la faja de hebilla de bronce en la mano.
En su ofuscación, entre tantos llantos y voces descompuestas, pensó que debía castigarme.
Mi abuela, que en su casa era la ley, le hizo entrar en razón, diciéndole: “no seas bruto, que tiene un brazo quebrado”.
Mientras tanto yo horrorizado me aferraba al cuello de Luis.
Las palabras y la acción juiciosa de mi abuela aplacaron las cosas y entre ella y mi mama me lavaron, mientras papá ya con pantalones pedía explicaciones a la pobre Carmencilla, y mi tía abuela Yiya le servía a Luis Vázquez un café agradecido.
El primo había desaparecido, sabedor de lo que le podía suceder. Y le sucedió, mi tía María Isabel, su mama, le dio una buena fueteada, acusándolo de haber sido el causante del percance.
Creo que fue ese episodio lo que determinó que Fernando no volviera a jugar conmigo.
En el hospital San Juan de Dios me ordenaron los huesos rotos, me regalaron un confite y me enyesaron el brazo.
Ahí tengo la seña de la cicatriz.

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