CR-ALAJUELA. El tren (con nostalgia). Sergio Erick Ardón Ramírez

No, no se trata de participar en la controversia que nos divide actualmente. Ya lo hice fijando mi posición: Sí al desarrollo de una red de ferrocarriles modernos que comunique las ciudades y las costas. No siendo estos días de pandemia la oportunidad mejor.
Pero del tren del que les quiero contar es de otro menos polémico, el que desapareció, el que ya es historia patria, en el que hicimos tantas veces el trayecto a Puntarenas.
Si, nada menos que el Ferrocarril Eléctrico al Pacífico. El que tenía a San José como uno de sus polos y al puerto como su otra terminal.
Alajuela era servida por una línea troncal que se conectaba con la línea principal a la altura de Ciruelas.
En los tiempos de verano, hacer ese recorrido con el más pintoresco de los paisajes, por una línea tan llena de curvas, que no puede ser que haya en el mundo otra igual, pasando el río Grande, por el más largo de los puentes de hierro que hubo y hay en el país, bordeando el rio Tárcoles, haciendo parada obligada en una Orotina olorosa a pollo asado, a marañones y caimitos, a plátanos asoleados, a semillas de marañón, a mangos dulces como la miel, era cosa de afortunados, y también de enamorados, porque el túnel, aunque pequeño daba tiempo para algunas travesuras, que yo nunca aproveché.
La distancia es realmente corta, pero se duraba horas. Eso a nadie molestaba porque nadie parecía tener apuro.
A Puntarenas se iba al mar. La playa nunca ha sido la gran cosa, pero el ambiente distendido y soleado siempre era lindo y acogedor. Bajo los almendros protectores se pasaba el calcinante sol del mediodía, con la ayuda de una que otra rica orchata, después cuando el sol bajaba, la playa se llenaba de bañistas y de vendedores de maracas y collares de carey.
Luego, todavía llenos de arena y con el pelo tieso de sal, a correr, que había que coger el último tren, que pararía en Ciruelas, para aprovechar la cazadora que te llevaría hasta Alajuela, y sucedía, que se llenaba, y entonces había que hacer los 13 kilómetros a pie.
En ese regreso, ya sin las luces del día y el cansancio acumulado, no había algarabía, todo era silencio y quietud.
Pero ese viaje en tren al puerto, si de paseos lindos se trata, difícilmente haya tenido rival.

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