CR-SAN SEBAS-SAN ISIDRO DE HEREDIA. La vid de don Pablo. Claudio Enrique Monge Pereira

UNO

No sé en qué momento mi Madre emigró del Catolicismo al Protestantismo. Indagué que fue durante mi ausencia y larga estadía de estudios en la Unión Soviética. Ella era una católica militante, absolutamente devota y entregada al ritual católico; tanto que en la ventana de mi casa colgaba un rotulito que rechazaba ad portas a los llamados “evangélicos”. Uno de mis hermanos menores puede dar fe de lo que cuento ya que estuvo a punto de desfallecer ahogado en las fuentes de agua bendecida allá en la Basílica de Los Ángeles. Mi mamá lo cargaba hasta Cartago para que la Virgen lo sanara. Mamá siempre fue extraordinaria militante en las causas que abrazaba, y durante sus últimos años no fue la excepción. Ella sufría mucho por la indiferencia mía y de otros hermanos míos hacia las religiones y las iglesias. Siempre nos llamaba la atención y expresaba frases bellisimamente lapidarias que demostraban con enorme creatividad su fe a toda prueba. Los viernes yo solía pasar por ella y por Papá a EL VIEJO BARRIO para que compartieran conmigo aquí en San Isidro de Heredia los fines de semana . Los lunes, antes de ir a mi trabajo en la Universidad, los dejaba allá donde me crié; Alameda 4 Sur, Casa # 50; Colonia Kennedy.

DOS

A unos cuarenta metros de mi casa había un enorme ciprés cuya muerte por un rayo me dolió mucho. Los “desrramé” a puro serrucho y encontré un trozo que prácticamente era un bastón. Sólo había que devanarlo, darle la medida y pulirlo. Sería para mí Viejo, que ya utilizaba uno muy folclórico hecho en Sarchí. Ese fin de semana lo pondría en sus manos, él tan alto como era de pie, para cortar el sobrante. Así lo hice mientras Mamá sentada en una de las mecedoras leía su Biblia. Papá estaba feliz porque realmente ese bastón me estaba quedando muy galano. Sólo faltaría un buen barniz mate y un tapón antideslizante. Estábamos en eso cuando mamá se puso de pie y se acercó con suma curiosidad a una enredadera que corría por el frente del corredor. Con sus bellos ojos me miró y pregunto de qué era esa planta.

TRES

Don Pablo Artavia era de Zapote y tenía una bella propiedad casi al lado de la Plaza de Toros, justo enfrente de la Licorera “Zapote”, de mi querido don Ismael Villalobos. Toda entapiada y cuatro casas idénticas bien resguardadas. Él vivía en una con su familia y alquilaba las otras tres, en una de las cuales viví un tiempo. Don Pablo tenía una parra muy frondosa ahí que se le cundía de racimos de uvas que me alegraban el espíritu. Cuando tuve que desalojar aquella casa y trasladarme para TOYOPÁN, le pedí una estaca de su viñedo casero y me lo regaló. Lo sembré con el amor habitual con que hago mis cosas y me entrego y en unos meses retoño y yo hasta le hablaba y le decía “Pablita”, por tratarse de una parra o vid. Pasaron los años y nunca cosechó nada. Sin embargo yo la cuidaba y la trataba como si fuera una hiedra ornamental. Ya tenía esa vid quince años.

CUATRO

Mamá, aquella tarde se acercó a “Pablita” que ya era más bien “Pablona”. La miraba y la tocaba mientras me preguntaba de qué era. Y yo, entonces “Santo Tomás”, para de alguna manera mofarme de sus creencias religiosas, le dije: “Mamá…es eso que en su Biblia llaman una Vid, pero como reza una de sus sentencias, al árbol que no da frutos hay que cortarlo. Entonces yo decidí hace un tiempo que la voy a cortar ya.” Obviamente nunca la habría eliminado. Sólolo dije para minimizar su entusiasmo religioso. Mamá, sin mirarme, acariciaba la mata, con sus manos palpaba el tronco y sus hojas; los acariciaba y sonreía diciéndome: “No la corte. Vea que bella es. Y yo sé que va a echar uvas.” Y así era ella: segura y contundente con sus deseos y sentencias.

CINCO

Eso sucedió un sábado, casi a finales de un septiembre. Papá no pudo estrenar el bastón porque inesperadamente murió la semana siguiente. Fue un golpe atroz. Era un ser humano tan bueno y bello; y nos amaba y cuidaba con un amor digno de un gran respeto. La tristeza me invadía y sentía mi corazón destrozado. Sólo el día anterior estuvimos bromeando y contándonos vivencias. Entonces en esos días fatales nos pasábamos hijos y nietos mayores todos lo días en casa de mamá, acompañándola y dándonos ánimos. Ella se desvivía por nosotros y nos consolaba con frases muy bella y positivas. Al cumplirse ocho días de la trascendencia del Viejo estábamos igual todos ahí en la casa de mamá. Nos preparó comidas y hasta nos reímos mucho rememorando anécdotas de Papá. Cuando ya por la tarde me regresaba para mi casa ella me acompañó hasta el carro. Nos abrazamos fuertemente. La besé varias veces y le dije Mamá te amo…mañana vuelvo. Esa misma noche ella murió. Aún estaban como recién cortadas y frescas las flores sobre la tumba de papá y tuvimos que peregrinar de nuevo hacia el cementerio. No lo podíamos creer. Yo me resentí con el de “arriba”. Era la primera semana de octubre y llovía descomunalmente aquí en mi pueblo.

SEIS

Yo deambulaba atormentado por los predios de mi casa. Si llovía me quedaba bajo los aguaceros y mis lágrimas imparables eran otra lluvia. Mamá, mi madre amada y buena; la que me parió su propio Día de la Madre; el mejor ÁNGEL que cualquiera soñaría, decidió irse detrás del Viejo y alcanzarlo. Dora sólo tenía 68 años. Debajo de un diluvio y huyendo de nuestra realidad pasé por debajo de uno de los bejucos de la vid y sentí que algo golpeó mi cabeza levemente. Alcé la vista y ante mis ojos colgaban Dos racimos de uvas ya maduras. En toda la mata no había nada más. Las palpé para sentir si eran reales; indagué si estaban pegados con goma; ese Santo Tomás que me habitaba. Y no: todo era verdadero. Caí de rodillas y lloré como un niño, desconsolado agarraba puños de hierbas y tierra y decía…perdón Mami… perdóneme por favor. Mamá…amor mío!

SIETE

Cuando esta Pandemia llevaba sus dos primeros meses, podé los Dos bejucos más largos de mi Vid. Como otras veces los dividí en estacas para reproducirla. Yo las veo y las acaricio. Les hablo como si hablara con Doña Dora…y recuerdo cómo ella transformó con su fe y amor al Santo Tomás que vivía en mí. Y yo estaré muy feliz al regalar estas herederas de mamá a quien las quiera.

ClaMo Toyopán, ZURQUÍ.

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