CR-LA CARPIO. Odisea de una pareja. Rodolfo Arias

Hoy volvió a nuestra casa la empleada doméstica, tras cinco semanas de ausencia. Ella es nicaragüense y vive en La Carpio.

Así fue como me contó su odisea, tras haberse enfermado y luego recuperado de Covid-19:

“Mi marido y yo íbamos caminando para el Ebáis, sosteniéndonos uno al otro. Nos llevamos unas sillitas plegables para sentarnos mientras hacíamos fila, porque no nos podíamos mantener de pie. Era un filón que usted viera, toda la cuadra. Eso fue el jueves. Primero habíamos ido el lunes, pero nos dijeron que era una gripe común y sólo nos dieron paracetamol. Ya el domingo en la tarde yo me sentía rara, pero no dije nada. Pasé mala noche y al levantarme me dolía el cuerpo mucho y no tenía fuerzas para nada. Le conté a mi marido y él me dijo que se sentía así igual, y que no iba a ir a trabajar. Él es chofer de bus ahí mismo en La Carpio, y dice que otro chofer que dio positivo un día se subió y le dio la mano. Son muy amigos y él se distrajo, me entiende. Pero además con tanta gente que sube y baja, algún día le iba a pasar. El Padre misericordioso más bien me lo estuvo protegiendo mucho tiempo. Como le iba diciendo, ese lunes al ver que los dos estábamos mal yo le dije que fuéramos a la clínica. A mí no me llegaba el olor pero ni de un perro mojado, y tenía la garganta bien amarga. Había dos doctores, y el montón de gente. Como ya le conté, sólo nos tomaron la temperatura y nos dijeron que era una gripe común. Por dicha mi marido y yo no les creímos a esos doctores, y les dijimos a todos en la casa que lo más seguro era que ya tuviéramos el Covid. Nosotros vivimos con mi hija y mi yerno y los dos nietos, y mis dos hijos menores que todavía están solteros. En total somos nueve, pero por gracia del Señor la casita tiene dos plantas y les pedimos a todos que se acomodaran arriba a como pudieran. Nosotros no teníamos fuerza ni para subir las gradas. Por lo menos así pudimos aislarnos. Conseguimos bastantes limones, y ajo, y miel y cofal. Ah bueno, y Tabcin y aspirina. Nos hacíamos bebedizos con limón y ajo y zacate de limón que dicen que es muy bueno. Y hervíamos agua y le echábamos el ajo y el cofal y el vapor lo inhalábamos. ¡Viera qué duro! Pero el Padre Santo nos protegió y no nos agravamos demasiado, digo yo. Eso sí, ya para el jueves mi marido me dijo que mejor fuéramos otra vez al Ebáis porque teníamos demasiada calentura. Y un dolor de cuerpo espantoso, como si usted se hubiera metido en una pelea y le hubieran dado por todas partes. Cogimos las sillas plegables y salimos. Yo me recostaba a mi marido de lo mareada que me sentía, pero a veces él se recostaba más en mí. Hacía sol, y fueron horas en la fila pero Dios nos mantuvo con vida hasta que nos atendieron. Ahora lo que había eran dos doctoras. Nos hicieron apartados, como a cinco o seis, nos sentaron por allá y nos tomaron la prueba con la cuestión esa, el palillo que le meten a uno en la nariz. “Ustedes son sospechosos”, nos dijo la doctora, “tienen que estarse aislados en la casa y no salir”. No les dijimos que ya teníamos varios días así, bien metidos en el cuarto, y les dimos las gracias y nos fuimos a retirar las medicinas. Más pastillillas de esas de paracetamol. Ahí fuimos después logrando pasar los días. Mi marido estuvo un poco más jodido que yo, pero a ninguno de los dos se nos fue a los pulmones, gracias mi Padre bendito. Yo pienso que tal vez esas inhalaciones nos ayudaron un poquito, verdad. A principios de la semana siguiente, como decir el martes, ya estábamos mejor. Pero no teníamos todavía los resultados de la prueba. Mi hija iba al Ebáis a preguntar pero le explicaban que había mucho atraso con las pruebas y que estaban dilatando hasta cinco o seis días en decirle a uno. Por fin el miércoles a ella la llamaron y fue y trajo el resultado y estábamos positivos. ¡Habían tardado tanto que cuando por fin supimos que teníamos Covid ya estábamos casi curados! Eso fue… así. Gracias a mi Padre Celestial no se nos complicó demasiado, digo yo. Ya después nosotros hicimos caso y estuvimos tres semanas más en cuarentena, esperando a que nos dieran de alta. Eso le llegó a mi hija por correo, diciéndole pues que ya estábamos dentro de los casos recuperados. No sabe cómo le agradezco a usted que me haiga conservado mi trabajito, y a los patrones de mi marido que no lo haigan despedido tampoco. Ahí en La Carpio usted no se imagina cómo está la cuestión. La gente pasa y le toca una ventana a uno. Que si tiene un poquito de arroz, o que por lo menos una zanahoria. Un ayotico tierno, aunque sea. En el patio nosotros tenemos una mata. Ya hay gente con hambre. Y más y más gente enferma…”.

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