CR. “La inocencia”. Ileana Sagot Bulgarelli

Un relato muy real ante tanta irrealidad.

LA INOCENCIA

Siempre andaba como en las nubes, de hecho se pasaba horas buscando las siete cabritas, las tres marías, una estrella fugaz, el conejo que vivía en la luna o incluso le seguia el sendero a una hormiga solitaria para averiguar adonde iba. Vivía en un lugar donde nunca pasaba nada, como la mayoría de los barrios de San Jose, allá por los anos setentas. En la escuela no era diferente, todo lo hacía rapidísimo para que le sobrara tiempo para mirar por la ventana, sentada en su pupitre y distraída tenía el arte de parecer que había desaparecido. Cuando llegaba el recreo su único placer era jugar con la bola en la plaza polvorienta y de vez en cuando seguir al grupito de compañeritas que hablaban de cosas que ella no entendía.
Una tarde que la lluvia no permitió salir a corretear por ahí durante el recreo, no le quedo mas que sentarse con un grupo que rodeaba a la mas linda de la clase y cuyas historias fastuosas siempre entretenían a los demás. Todos se quedaban boquiabiertos con ella. Ese dia conto que tenia una tia que vivía en Venezuela y que durante las vacaciones de tres meses la había ido a visitar y se había montado en avión. Las preguntas iban y venían. Que donde quedaba aquel lugar?, Que como era montarse en avión, Que si era verdad que en el avión daban comida?. La otra haciéndose la mas importante trataba de contestar suponiendo que no importara lo que dijera, igual, todo el mundo le creía.
Esa noche al llegar a casa con muchas preguntas en su cabeza, espero a que su papa comiera y ya tranquilo en la sala le pregunto:
-¿Papi, sabes dónde queda Venezuela?
A lo que el padre le respondió que era un país en América del Sur, grande, poderoso, moderno con petróleo y políticos que eran muy amigos de Costa Rica.
Ante aquella respuesta su curiosidad aumento y se fue a buscar al atlas viejo que su padre tenia en alta estima y apuntando con su dedo se encontró con aquel país. Su mente volaba e imaginaba lo bonito que debía ser y la suerte de su compañera de tener una tía para visitar que vivía a allí. De hecho paso rato pensando como aquella mujer habría llegado a vivir tan lejos.
Con su mente alborotada, al día siguiente en el recreo volvió a buscar a su compañera y le pregunto que mas sabia de ese país tan grande que había visitado a lo que le respondió:
-Tienen edificios tan grandes que no solo tienen elevadores sino hay unas escaleras eléctricas para subir y bajar a la gente.
Sus ojos de asombro fueron tan grandes e impactantes, que de pronto escucho una vos que le dijo:
-Las próximas vacaciones voy a ir otra vez. ¿Queres venir conmigo, yo te llevo? Inmediatamente y sin pensar en nada le contesto un si rotundo.
-Ok nos vamos en diciembre cuando terminemos este cuarto grado.
Ella contesto con su mirada que así seria.
Cuando iba caminando de regreso de la escuela a la casa pensó como haría para pedir permiso. Ella era tan ingenua que no pensaba en detalles tan insignificantes como dinero, pasaporte, valijas, claro lo único importante era el permiso. Buscaria un momento donde todos estuvieran tranquilos para preguntar, algo asi como despues de la cena, si, normalmente después de comer todos estaban callados y satisfechos.
Esa misma tarde ya todo lo tenía pensado. Ya sabía que, al igual que todos los días, su papa llegaría a las cinco y a las seis en punto todos debían estar en la mesa no importara que. Cuando ya todos habían terminado levanto la voz y dijo…
-Voy para Venezuela, Ana me invito con su familia y nos vamos en diciembre.
En ese mismo instante todos sus hermanos empezaron a reír, nunca la tomaban en serio y sabiendo lo taciturna que era, a lo mejor y todo se lo estaba inventando. Los padres sonrieron y le preguntaron como seria aquello si apenas alcanzaba el dinero para en diciembre comprar un poco mas de ropa y comida con el aguinaldo.
-Deje de inventar que a usted nadie la va a llevar a Venezuela, dijo la madre enojada.
Ella bajo los ojos, no dijo nada, se quedo callada como siempre, pero en su interior sabia que en diciembre iba a conocer aquel nuevo país.
Los meses pasaron, llego la ansiada fiesta de la alegría y ese día espero durante toda la fiesta a que su compañera le dijera como iban a hacer para realizar el viaje. Ana ni siquiera la alzo a ver, igual siempre era el alma de la escuela. Asi tocaron la campana y se regreso con su bolsita de confites y sus otros hermanos a su casa. Esa noche y sin poder dormir, se dio cuenta que las mentiras de verdad existían y que soñar no cuesta nada.
IS/ 7/2020l

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