CUBA. La víspera. Sergio Erick Ardón Ramírez

MAÑANA ES 26 DE JULIO.
Desde hace muchos años he tenido dos motivos de celebración.
Y como tantas otras cosas que me parecen importantes, algo tengo que decir sobre ellas. Tiempo de sobra tenemos.
La primera toca mis fibras políticas y alienta mi vocación latinoamericanista y mis sueños revolucionarios.
La otra es muy diferente porque nace de mis sentimientos filiales y mis cariños más íntimos.
Esta última tiene que ver con mi tata y su cumpleaños. La otra con el socollón de consciencia que recibí con el asalto al Moncada.
Papá era tan, pero tan enemigo de cualquier cosa que sonara a izquierdismos y revoluciones, que pedía que su cumpleaños no se celebrara. No fuera alguien a creer que lo que se conmemoraba era la gesta dirigida por Fidel. Porque estando yo de por medio las cosas podrían confundirse.
Esta vez voy a separarlas. En atención a lo que él preferiría.
Hoy voy a hablar del Moncada. Mañana lo haré de Carrucho.

El cuartel Moncada era la fortaleza militar principal de Santiago de Cuba, asiento de un regimiento.
En Cuba estaba entronizado un régimen dictatorial y represivo- producto de un golpe de Estado- encabezado por Fulgencio Batista, un sargento que se auto nombró general.
La isla, que yo visité en esos días, era un antro de la mayor corrupción imaginable. tantas ofertas de prostitución y de juegos, tantas platas que se derrochaban en placeres y lujos, tanta acumulación de riqueza en tan pocas manos, tanto entreguismo, tanta indignidad, como tantos eran los cadáveres de jóvenes que amanecían acribillados en los baldíos y cunetas.
Contra toda aquello se levantó la voz de un joven veintiañero, abogado, hijo de un gallego rico del oriente cubano.
Este joven con estrella, reclutó a ciento y pico de otros tan resueltos como él y se dispuso a realizar una acción que repercutiera en toda la isla y fuera capaz de desatar las consciencias reprimidas.
En Santiago había carnavales, mucha música y mucho licor, y mucha gente de fuera. Al amparo del desorden, los ciento y pico, y el joven con estrella, llegaron con armas y con arrojo.
Al Amanecer del 26, justo el día de Santa Ana, con la mayor temeridad se lanzaron a la muerte, porque cien hombres mal armados contra 800 soldados, aunque medie la sorpresa, difícilmente puede conducir a otra parte.
El asalto fracasó, se desató una cruel carnicería, las ordenes fueron: “que no haya prisioneros”.
Más de ochenta de aquellos intrépidos pagaron con sus vidas la osadía. El joven con estrella la salvó gracias a un teniente negro, Sarriá, que asqueado de tanta muerte, desobedeció. El obispo de Santiago, Monseñor Pérez Serantes, alertado por la familia conocida de los Castro también intercedió. Así también salvó la vida Raúl.
Entre los que fueron torturados y brutalmente asesinados estuvo Abel Santamaría, el brazo derecho de Fidel. “El más noble y puro de nosotros”, según lo reconoció después el mismo Fidel, quien en el juicio, al ser preguntado por el actor intelectual de la osada acción, lo delató: José Martí.
El asaltó en si fue un desastre, pero el mensaje llegó. Toda Cuba se estremeció, y comenzó a sacudirse.
Muy pocos años después, entraría triunfante en La Habana ese joven con estrella, y se iniciaría un proceso de cambios radicales que estremeció al continente. Y todo esto, a mi y a tantos latinoamericanos, que atisbábamos con interés, nos conmovió y nos sumó.
Por eso que es los días 26 de julio para mi son días de celebración.
Mañana tocará el turno a mi tata, como él lo hubiera querido.

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