CR. Hasta cuando comemos helados. Ifigenia Quintanilla Jiménez

Yo iba a cumplir 16 años y era mi primer año en la universidad. Tenía que cruzar por el centro de San José para tomar el bus de San Pedro. Lo hacía todos los días: bajarme en el mercado la Coca Cola, subir por la avenida Central y tomar el bus en avenida Segunda. Yo era muy campesina e inocente, casi no había salido de Pozos y muchas cosas eran nuevas para mí. Un día me sobraba algo de dinero – siempre iba con los pases tallados – y pasé cerca de la heladería Pops, la que está frente al Banco Central. Había una promoción de choco-bananos. Estaban a 2×1. Conté lo que me sobraba y me lancé por la promoción. Yo, que había crecido sin chocolate ni helados, estaba emocionada y feliz con la oferta. Tomé la promoción, uno en cada mano y empecé a caminar por la avenida Central mientras los comía. Avancé unos 200 metros nada más y, con el dolor de mi alma, tuve que tirarlos a la basura. Mis oídos de jovencita inocente nunca habían escuchado tantas obscenidades, nunca se me habían acercado hombres a insinuarme cosas de las que no tenía idea solo porque venía comiendo helados de forma falica. Creo que este ha sido uno de los actos de mayor violencia que he sufrido como mujer. Puede provocar risa, sin embargo, han pasado 40 años de eso y todavía recuerdo mi tristeza, mi frustración y el miedo que me entró en el cuerpo. La violencia contra las mujeres siempre ha estado ahí y la hemos sufrido de muchas maneras, hasta cuando comemos helados.

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