CR-ALAJUELA. Luisa. Sergio Erick Ardón Ramírez

Desde el momento en que tuve consciencia de existir estuvo ahí.
Luisa Ledezma.
Pequeña, de ojos oscuros achinados y larga trenza negra. El silencioso y discreto brazo derecho de mi abuela.
Luisa, Luisa, fue el nombre que más oí en la casa de mis abuelos donde vi la luz y donde me hice hombrecito. Y es que Luisa era la que todo lo resolvía y la que estaba en todas partes.
Luisa al mercado, Luisa donde macho Chavarría, Luisa la leche, Luisa las tortillas, Luisa las gallinas, Luisa, ya se levantó Cipriano, Luisa hay que tender la ropa, Luisa que va a llover, Luisa tocan la puerta, Luisa suena el teléfono, Luisa dígale a Susana, Luisa no hay sal. Luisa llévele a María Isabel, Luisa cuide a María Eugenia.
Y ella diligente y nunca en prisas iba y venía como una lanzadera. El largo zaguán lo recorría todos los días miles de veces. y las gradas que llevaban a la cocina de leña, la de abajo, el reino de Yiya, mi tía abuela, las bajaba y las subía otras tantas veces.
Hubo en esos tantos años en que viví en esa casa, siempre en movimiento, otras mujeres, Carlota, la sancarleña, grande y blanca , fuerte como un hombre, o Teresa la de Guanacaste, la guapa morena de pelo ensortijado que despertaba mis curiosidades adolescentes, y de la que abuela me advertía, “cuidado”.
Pero Luisa era la siempre presente, tan presente como si esa gran casa señorial, construida para presumir por Cipriano Ardón, la tuviera como una de sus partes principales, sin la cual podía caerse.
Luisa era una de las Ledezma. las de las tortillas, las que todas las mañanas visitábamos para traer las del gasto del día. Las que en grandes anafres y comales “echaban” tortillas desde antes de que el sol saliera. A nosotros nos gustaba hacer ese mandado porque siempre nos daban a probar las tortillas todavía calientes con su pizca de sal. El Barrio del Carmen donde vivían y trabajaban, todo, lo abastecían con sus tortillas. Una de ellas, Carmencilla, fue la encargada de lidiar conmigo. Hace unos años la vi, por las calles, acartonada, y seca y oscura como una hoja de tabaco. La saludé, me pidió, con dignidad, sin ruego, cinco mil colones para “una diligencia” Nunca más.
De donde habían llegado hasta Alajuela, nunca lo supe, nunca lo pregunté. Y es que parecían muy indias. Todas chiquitas, de largas trenzas negras o plateadas, de ojos pequeños achinados, de largas enaguas oscuras, como Luisa, pieles morenas. Tampoco las conté, pero eran muchas. Bastaba con las Ledezma.
Al morir mi abuela, ya cansada, Luisa pasó, como si fuera herencia, a la casa de María Isabel. El trajín ahí sería menor, tenía que serlo, ya Luisa casi arrastraba los pies.
La veía pasar de la casa al costado sur de la Catedral al Cine Milán, simples cien varas, llevando y trayendo, pero se veía por el ritmo de su paso que a Luisa la distancia le pesaba.
Luisa nunca se quejó, yo no la oí, pero imagino que tendría mucho para quejas.
Llegó el día en que visitando a mi tía a tomar café con el rico queque seco que ella hacía, no vi a Luisa y pregunté : ¿Y Luisa?
Luisa, contestó María Isabel, “Luisa estaba muy viejita y se murió”.
Luisa Ledezma.

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