CR. Los granos van cayendo en el canasto. Edmundo Retana Jiménez

Mi padre era agricultor. Así que cuando era pequeño cogí café. Es una labor lenta, minuciosa. Los dedos separan el café maduro de la planta y dejan el verde. Se va mata por mata, siguiendo la calle, como se le llama al espacio entre las hileras de café.

Los granos van cayendo en el canasto hasta llenarlo. Cada canasto mide una cajuela. Veinte cajuelas forman una fanega. Hay gente que, si el corte de café es muy bueno, cogen hasta una fanega diaria. Yo nunca pasé de dos cajuelas porque me entretenía mirando los bichitos, la luz entre los árboles.

No me gustaba mucho. Pero disfrutaba del contacto con la tierra. Y de comerme un almuerzo (arroz, frijoles, huevo, plátano), sentado bajo un gran árbol.

Este país se hizo así. Y yo estuve para sentirlo en mis dedos sucios y en la mirada que recogía los universos que la tierra lleva en su regazo.

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