CR-PALMARES. ¡Qué silenciosa está la noche! Mariano Rodríguez Pacheco

Qué silenciosa está la noche en PALMARES!, a lo lejos unos perros ladran . En la calle dos amigos se despiden , una brisa casi fría , me recuerda que ya es tarde . No quiero meterme en la cama , hasta decirte :Cuídate !, quiero volver a verte y pronto para llenarte de mis abrazos , para mirarte a los ojos y decirte cuánto te quiero y cuánta falta me has hecho durante estos días de aislamiento. Hay en el ambiente un perfume que se filtra en medio de las plantas de mi patio ; hay un tenue olor a jazmines en alguna parte. Mis gansos se han puesto a graznar , tal vez pueden sentir el miedo disimulado de la gente o la caída de una hoja de la palmera que sembró mi padre, los haya asustado . Todo luce tan quieto, he vuelto a salir para contemplar una noche con un cielo tan diáfano.Tanto silencio y esta brisa veranera , me están cobijando. Los gallos se han puesto a cantar ; algo me han hecho recordar . Qué irá a pasar ….?, me pregunto . Quisiera saber cómo irá a terminar todo este aquelarre!
Los gansos bebés han salido a acompañarme, pían como intentándome decir que no estoy solo. En el parque no se ve nadie, todo el mundo ha acatado la orden de mantenerse en sus casas , yo también lo hice. Te escribo para contarte cómo vivo estas noches de aislamiento: de la banqueta del jardincillo interior, al patio.No puedo dejar de admitir que esta quietud me gusta, no pienso en nadie. Respiro , oigo y veo , me detengo en lo que de humano me ha quedado . No quiero despedirme de la noche, algo me está insinuando. Me detengo, ha entrado un mensaje de texto a mi celular , es alguien que me pregunta si sé con cuántos contagiados ha terminado el día. Estamos en tiempo de pandemia, por todas partes se nos ha advertido del riesgo ; no supe responder porque no me quise enterar.Un escalofrío me ha recordado que la noche avanza y el patio , ese patio en el que por horas jugué siendo un niño, no me deja entrar a la casa. Me ilusiona ver los pétalos zaheridos de una guaria morada que floreció antes de que nos llegara el virus. Ese bicho que ha puesto el país de cabeza, que nos ha metido el miedo por todas partes aunque uno se resista.Me pregunto si aquí , en medio de los árboles de jacaranda recién plantados, de las flores de cera – blancas y casi rojas – de las camelias blancas que aún no paren sus flores a la espera de las lluvias quieras de abril, estaré a salvo. Quizás, encerrados en las casas, todos nos preguntamos lo mismo, pero nos da miedo aceptarlo. La noche sigue palpitando vida, me vuelve a traer recuerdos de los viejos y de tantos que ya no están …!, los gitanos croatas que un día llegaron hasta aquí en sus raídos carromatos en los años en que mi abuelo les vendía los abastos. Llegaron para irse, los sonidos de las citaras ya ni se escuchan . No muy lejos de aquí , me acuerdo, está el cementerio de la ciudad. No les tocó vivir el tormento de esta peste maldita que nos roba el sueño.
Entro a la casa, me percato de que afuera ya no hay nadie, todos se fueron a sus casas a disimular el miedo que nos inunda el corazón y nos pone con sonrisas a esperar los días por venir . Mientras tanto, mis gansos han vuelto a graznar y donde guardé la paja, en la mañana, en un punto cóncavo, un zorro pelón se ha escondido. Los árboles se siguen meciendo y allí , cerca del pajar, unas rosas que compré el invierno pasado, se confabulan en aquella fiesta de aromas .

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