CR-SUR-LONGO MAI-Buen Vivir. Amanecer. Guadalupe Urbina

Amanecer, estar donde una quiere estar, tener el corazón puesto en la selva y saber que finalmente una descubre los los regalos que verdaderamente desea para la vida, los de la flor que brota cada día, los del canto de los pájaros y los juegos de la luz al amanecer. La certeza de que estoy en un lugar en donde la vida nos reconoce como su aliada. Una mañana como hoy una desea que todos los engranajes y las espirales que mueven la energía del universo estén llenos de la generosidad, la entrega y la imparcialidad de la Tierra, el Agua y todos los seres y elementos que la conforman y nos conforman y no se conforman con la maraña chiquita de desatinos de nuestra pequeña pero arrogante especie que se conforma con las lentejuelas y las luces de neón. Aunque me gusten las lentejuelas y las luces de neón. De verdad que son bonitas y brillan y te ponen en primer plano, pero las estrellas que vuelan por mi patio gozando con las luciérnagas que se han quedado fijas en el firmamento son un espectáculo que no tiene precio. No tiene precio la maravilla de las sombras al anochecer que traen radares de murciélagos a pintar el alero de mi techo y traen el grito de un “perezoso” en medio del silencio que honran las chicharras. Hoy no es un día más, ninguno es aquí un día mas.

El trabajo de la tierra no es fácil pero meterme en su barro, hurgar en los intersticios de las raíces muertas o abrazar con sus microorganismos las plantas pequeñas que pronto serán mi alimento, nos enseña sus misterios esos misterios desde adentro. Desde sus sombras he recorrido los caminos para ver la luz junto a las ceibas gigantes.

Este es el verdadero privilegio de mi vida, es la consumación de mi creatividad, es la bendición de los elementos, es la alquimia sagrada en donde la química, la física, la medicina, la astrología, la semiótica, el misticismo, el espiritualismo y el arte se dan la mano para educarme diariamente en las cosas de la vida y de la muerte. A eso quiero cantarle, escribirle, pintarle, inventarle y reinventarme porque son las únicas herramientas humildes para acercarme a su inmensa verdad que yo tengo y a su servicio las pongo. Así una se siente dispuesta tanto para la vida como para la muerte porque sabe que al final no pasa más que a ser parte de ese engranaje y de esa espiral que abre vórtices infinitos a toda la materia, a todo lo invisible e inefable que pretende ser borrado de un plumazo por un sistema depredador y enajenador.

Acá la Tierra es Madre, amamanta con el agua de sus ríos, los mosquitos y las piedras que dejan huellas de mineral disuelto entre mis venas. No dice nada, da y corrige su curso, da e insiste en ser suelo que sostiene, suelo que nutre, a veces suelo de fuego, a veces erupción de agua caliente en medio del hielo de la ciudad. Acá suelo es la única verdad que piso.

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