CR-SAN JOSÉ. Chelles y los mamones románticos. Víctor Hugo Fernández

Hoy me enteré del Cierre de Chelles y lo comenté no sIn lamentarlo. Quizás quienes vivieron un Chelles similar al que yo experimenté comprenderán porqué esa noticia duele y porqué sin saberlo en aquel entonces vivimos el lugar y la zona con la intensidad que la época permitía.

Estaba cerca de la zona de teatros, cerca de las salas de discusión literaria, de algunas galerías, también de el Túnel del Tiempo, una disco cercana donde algunas veces íbamos a refugiarnos con alguien con quién nos encontrábamos en Chelles para calentar motores… En fin, Chelles fue un sitio especial, como alguien dijo, allí empezaba y terminaba la Avenida Central y en nuestra época darse un avenidazo era fabuloso.

Algunos línea dura de la literatura vernácula y provinciana, esos finqueros de la comarca sintáctica consideran que lamentar su desaparición, recordar la espumosa loza de sus fétidos orinales, es de un romanticismo enfermizo. Ignoro si todos recuerdan o conocen dónde se ubican los sanitarios del lugar, casi detrás de la barra, en la parte trasera de la pared donde se exhiben los licores. Había un pequeño espacio que era tierra de nadie, y allí se encontraban los visitantes que iban y venían del sanitario y algo se decían o intercambiaban allí, en esa zona neutra, prácticamente imperceptible para el resto de la gente.

En sus mesas por la noche no era extraño encontrarse con escritores, pintores, músicos, actores, choferes de taxi, prostitutas, chulos y gente sola, haciendo tiempo o mejor dicho, matando el tiempo. Es increíble nosotros muchos nos creemos tan valientes como para matar al tiempo.

Llegamos a conocer perfectamente al personal de entonces. A Sarita por ejemplo, la mesera voluptuosa que nos quería a todos y nos trataba con cariño. Tenían turnos rotativos y una semana estaba de noche, otra de día. Sarita era un amor, señora que nos adoptó.

Algunos escritores en sus muros o en sus visitas a otros muros vieron a Chelles el día de hoy como una chichera y para nada lamentan su ya proceso de agonía. Sin embargo, tanto ocurrió en ese lugar, tantos amaneceres cómplices de muchos actores, tantas discusiones literarias, intercambio de libros. Y también personas desconocidas, viajeros anónimos que, esperando para irse a ver temprano al hospital Calderón Guardia, como venían de lejos, pasaban la noche caminando, haciendo la última escala en Chelles, para un café antes de subir la cuesta de Aranjuez y dirigirse a los consultorios.

Los más jóvenes, que no conocieron esa zona, no tienen otros referentes más que esos eventos que ocurren recientemente en la zona de La Cali.

Otros dicen que el lugar se muere porque dejamos de asistir, porque le quitamos apoyo, pero es que no se trata de asistir o seguir asistiendo; ese lugar representa una etapa vital para muchos, un proceso que se vivió y se atravesó allí. No se trata de aferrarse al lugar, y el hecho de no habernos quedado como visitantes regulares, no nos impide recordar lo vivido y lamentar su desaparición.

Yo seré entonces mamón y romántico, ya soy sexagenario y se me están muriendo los pocos amigos que he tenido y se me están disolviendo en la memoria aquellos lugares donde comencé a crecer sin darme cuenta.

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